Se respondieron ‘tuit’ por ‘tuit’, incluso Elon acusó a Trump de estar en la ‘Lista de Epstein’… y, finalmente, Musk decidió desescalar el conflicto, pero el daño estaba hecho… No entendió que “la Oficina Oval sólo tiene una silla”
Desde los pasillos dorados de la Casa Blanca hasta ciertos ‘tuits’ escritos a las tres de la mañana, la relación entre Donald Trump y Elon Musk ha sido como montaña rusa, o más bien como una telenovela: poder, ambición y, finalmente, rencor. Esta historia, revela cómo un emprendedor acostumbrado a “romper cosas y aprender rápido” se estrelló contra la realidad inmóvil de la política, y cómo su alianza con el presidente Trump se volvió desencanto.
En los meses previos a las elecciones de 2024, Musk no solo donó fuerte a la causa: se transformó, en la práctica, en la figura central de la campaña de Trump. Se ha mencionado que donó entre 250 y 300 millones de dólares para respaldar la candidatura trumpista, y tras la victoria, impulsó desde dentro de la administración pública el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) como la punta de lanza de su influencia al interior del gabinete. Como jefe de campaña ‘no oficial’, Musk operó, y vaya que lo hizo bien.
Su meta de recortar dos billones de dólares del presupuesto federal parecía sacada de un cuento de hadas. Pero en realidad, los esfuerzos de DOGE resultaron caóticos, mal encauzados: datos inflados, recortes no auditados y el colapso de organismos como USAID y la CFPB. El informe del ‘New Yorker’ pintó la desolación: 280 mil empleos eliminados, pueblos sin ayuda para combatir el VIH, denuncias legales por medidas precipitadas… y un presupuesto realmente recortado que apenas llegó al tres por ciento de lo esperado.
Aplicando la metodología Lean, en Silicon Valley no está mal visto fallar, dar con callejones sin salida, “pivotar proyectos”, “romper cosas y corregir rápido”; es ideal para lanzar ‘startups’, pero pésimo para gobernar países.
En una reunión del gabinete, Musk defendió recortes drásticos diciendo que eran “inevitables”, pero pronto chocó con secretarios de Estado y agencias cuyos programas son el único apoyo para millones en todo el mundo.
Ahí se expuso la gran falla: en lo público, “romper cosas” significa que habrá personas que se queden sin servicios básicos, que los gobiernos locales se queden sin manos para atender a la población y que en algunas zonas del mundo haya crisis humanitarias y hasta literales muertes, asuntos que no pueden ser “reparados”.
Querer ser el muerto en el velorio
El día de la toma de posesión de Trump, hizo su famoso ‘saludo de corazón’ a las masas –sí, ése que parece otro saludo que igual se hacía a las masas–; Elon llegó a su primera reunión en la Oficina Oval vestido de negro, con una playera que decía ‘The Dogefather’, sin atenerse a las formas y ninguneando secretarios de Estado. Luego adquirió las costumbres de llevar a su hijo pequeño a las reuniones de gabinete y el desairar en público a altos funcionarios.
Space X: conflictos de interés
Musk tampoco ocultó su posición: DOGE impulsó descaradamente a ‘Space X’ como motor del nuevo programa espacial de Trump. Aquí un dilema ético: fondos públicos promoviendo empresas de las que simultáneamente él es CEO, en específico tratando de jalarle la alfombra a proyectos asignados a ‘Blue Origin’, la empresa espacial de Jeff Bezos, otro supermillonario que por ahora no necesariamente está en el mismo barco que MAGA.
¿No es eso un conflicto de intereses? Porque eso aquí y en China se llama conflicto de intereses. Pero no había problema, a final de cuentas él era el ‘supersecretario’ de esa agencia llamada DOGE; podía hacer lo que le viniera en gana.
Y entonces le pegó al ventilador
Las tensiones estallaron abiertamente a principios de mayo. Musk criticó vía ‘X’ –su red social– que el proyecto de ley fiscal de Trump no le gustaba, más específicamente lo llamó “abominación repugnante” por el aumento al déficit y los recortes a los incentivos para vehículos eléctricos que implicaban –un duro golpe a Tesla. Trump explotó y tuvo lugar la ruptura, volaron los mensajes, se armó la guerra de flamas: Trump acusó a Musk de “volverse loco” y amenazó con quitarle contratos; Elon insinuó que, sin su apoyo, la victoria habría sido imposible.
Se respondieron ‘tuit’ por ‘tuit’, incluso Elon acusó a Trump de estar en la ‘Lista de Epstein’… y finalmente Musk decidió desescalar el conflicto, pero el daño estaba hecho.
Cogobernar ‘a la mexicana’
La ambición de Musk de ir de asesor a cogobernante recuerda a algunas primeras damas mexicanas, no se quedaban quietas en los ámbitos que les marcaban su respectivas cajitas de cristal –el DIF– y manejaban agendas propias que podían o no ser la misma del marido, o ir más allá. Musk –que a ratos insinuó quedarse “indefinidamente” – dio por momentos esa vibra, querer una especie de virreinato privado dentro del gobierno para, más adelante, capitalizar el impulso, imaginémoslo en toda su gloria: ‘Musk 2028’.
Lo malo es que hasta el momento ninguna primera dama logró eso, ni por las buenas (Margarita), ni por las malas (Martita).
Pero el ejemplo mejor acabado de lo anterior no fue mexicano, fue de alguien que cogobernó de manera efectiva durante los ocho años de presidencia de su esposo, y en ese tiempo acumuló capital político propio, llegando incluso a ser secretaria de Estado y contender por la presidencia de su país.
Así es, estamos hablando de Hillary.
El internacionalista Aribel Contreras dijo: “La Oficina Oval sólo tiene una silla.” Y ni Musk ni nadie puede –ni debe– pretender ocupar más de lo que le corresponde. Al final, el Poder Ejecutivo reclama unidad, no un reparto entre tecnólogos multidisciplinarios y magnates narcisos.

