La tasa de informalidad laboral en México se ubicó en 54.3%, esto significa que más de la mitad de la población ocupada: 32 millones, trabaja sin contratos, no tiene acceso a seguridad social y sus ingresos son apenas la mitad de los salarios formales
Durante la primera mitad del 2025, la inflación superó el objetivo del Banco de México, que era del trespor ciento, lo que plantea varios desafíos para la política monetaria y el poder adquisitivo en los hogares. En mayo, alcanzó el 4.42 por ciento, saliéndose del rango de variabilidad establecido luego de cuatro meses de permanecer en él. Esto colocó al semáforo nacional en rojo, por primera vez en el año.
El aumento, que significa un repunte en los costos de las mercancías, erosiona el poder adquisitivo y dificulta la planificación financiera. Aunque esta cifra puede parecer moderada en comparación con picos inflacionarios pasados, su composición revela dinámicas preocupantes y afecta de manera desigual a las distintas regiones del país, pero la zona sur es especialmente vulnerable, debido a su dependencia a la agricultura y el turismo, sectores altamente sensibles a los precios.
Para Banxico, la principal amenaza es que la inflación subyacente, que excluye los precios más volátiles como alimentos y energía, se vuelva persistente, lo que minaría la credibilidad e iría en detrimento de las expectativas. Esta se ubicó en 4.06 por ciento anual en mayo, el nivel más alto en un año, con una tendencia mensual de +0.30 puntos porcentuales.
Este aumento se ha concentrado en servicios y mercancías, lo que refleja una presión constante y sostenida sobre el costo de vida cotidiano. El alza subyacente impacta con mayor fuerza a las clases medias y trabajadoras, que destinan gran parte de su ingreso a bienes esenciales que no pueden dejar de consumir.
Por su parte, la inflación no subyacente, impulsada por los precios de alimentos y energéticos, se disparó a 5.34 por ciento en mayo. Productos como el pollo y el jitomate registraron aumentos de hasta una décima parte de su precio, debido en parte a crisis sanitarias como la del gusano barrenador, que ha afectado gravemente la producción agropecuaria. En México, donde la dieta básica depende en gran medida de estos productos, el efecto sobre las economías familiares es particularmente grave.
El rostro de la informalidad
Por otra parte, en el primer trimestre de 2025, la tasa de informalidad laboral en México se ubicó en 54.3 por ciento, prácticamente sin variaciones respecto al mismo período de 2024, esto significa que más de la mitad de la población ocupada en el país, unos 32 millones de trabajadores, trabaja sin contratos legales, no tiene acceso a la seguridad social y sus ingresos son apenas la mitad de los salarios formales.
Aunque a nivel nacional hubo una ligera reducción de 0.2 puntos respecto al año anterior, esto es insuficiente para revertir el peso estructural de la informalidad. En el sur, las tasas superan el promedio nacional, oscilando entre el 58 y 62 por ciento en entidades como Oaxaca y Chiapas.
Además, la ocupación en el sector informal, trabajos por cuenta propia, sin seguridad social ni prestaciones, representa más del 28 por ciento de la población ocupada a nivel nacional, y este porcentaje es considerablemente más alto en el sur. Esta informalidad no solo reduce los ingresos mensuales de las familias, sino que las deja completamente vulnerables frente a crisis económicas, sanitarias o inflacionarias.
Más empleos formales en el norte
En contraparte, los estados del norte –como Nuevo León (32.5 por ciento), Coahuila (33.1 por ciento), Chihuahua (33.6 por ciento) y Baja California (37.2 por ciento)– mostraron niveles significativamente inferiores, muy por debajo del promedio nacional. Esto refleja una mayor formalización laboral en la región, lo cual favorece el acceso a los derechos y mejores ingresos.
Asimismo, la ocupación en el sector informal representó el 28.8 por ciento del total de la población ocupada. Esto indica que la informalidad no sólo persiste, sino que se profundiza en las áreas más rezagadas del mercado laboral. En la región sur este porcentaje es incluso mayor, con más trabajadores sin seguridad social ni protección legal, lo que agrava su vulnerabilidad y limita el poder adquisitivo.
Brechas importantes por género
La informalidad laboral muestra brechas importantes por género: la participación laboral de las mujeres es baja, hasta un 30.4 puntos porcentuales menos que la de los hombres; mientras que el ingreso laboral mensual promedio de los hombres es 1.2 veces superior al de las mujeres. Esto evidencia que, a pesar de niveles similares de formación, las mujeres siguen siendo menos remuneradas por el mismo trabajo, reflejando inequidades sistémicas en todo el país.
En los estados del sur como Oaxaca, Chiapas, Guerrero o incluso Quintana Roo, la brecha salarial femenina puede alcanzar entre 35 por ciento y 40 por ciento. Esto se debe no solo a la alta informalidad laboral que prevalece en la región, por encima del 65 por ciento en algunos estados, sino también a una cultura laboral que todavía asigna a las mujeres a las tareas peor remuneradas, mayormente en los sectores de comercio, cuidados y servicios personales.
Otra dimensión importante es el acceso a puestos de liderazgo o técnicos especializados. En el norte, donde las maquiladoras y clústeres industriales han impulsado empleos formales, hay mayor presencia femenina en mandos medios, aunque aún limitada. En cambio, en el sur, las mujeres tienen menos oportunidades de ascenso y muchas veces ni siquiera acceden a contratos formales. Esta situación limita severamente sus trayectorias laborales y su independencia económica.
Los datos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) muestran que, a nivel nacional, por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer percibe en promedio 86.8 pesos. Pero al desagregar por regiones, el norte avanza más rápido hacia la paridad, aunque con rezagos; mientras que el sur continúa atrapado en una estructura económica de desigualdad de género, estructural e histórica.

