Un estallido anunciado
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva masiva conjunta contra territorio iraní; cerca de 900 ataques en las primeras 12 horas, dirigidos contra lanzaderas de misiles, defensas aéreas, infraestructura militar e incluso la cúpula dirigente. En esa primera oleada murió el líder supremo Ali Jameneí junto con decenas de funcionarios, pero también más de 160 civiles cuando un misil impactó una escuela de niñas junto a una base naval en Minab, cerca de Bandar Abbas. La operación, llamada por Washington como “Epic Fury”, no surgió de la nada, fue la culminación de años de escalada: de la guerra de Gaza de 2023, del fuego cruzado con Hezbolá en Líbano y de los ataques de milicias respaldadas por Irán contra posiciones estadounidenses en la región. Con el primer bombardeo masivo se inauguró el nuevo teatro bélico abierto entre un Estado —Irán— y una coalición de facto entre la primera potencia militar del mundo y la única potencia nuclear reconocida de Medio Oriente.
La respuesta iraní no se hizo esperar y adoptó la forma que Teherán viene perfeccionando desde hace décadas: misiles, drones y el ingenioso recurso a sus redes de aliados armados (proxies) en Líbano, Irak, Siria y Yemen. En cuestión de días, los ataques cruzados afectaron espacio aéreo, rutas marítimas y nodos energéticos, alterando el tráfico en el estrecho de Ormuz, disparando el precio del petróleo y activando las alarmas de una crisis económica global. Mientras la ONU advertía de un “cuarto día de escalada violenta” y de un creciente número de víctimas civiles, los tres gobiernos seguían hablando en clave de victoria, de plazos breves y de objetivos casi cumplidos. Es ese contraste —entre la devastación real y el discurso de control— lo que vuelve especialmente inquietante esta guerra.
Trump: victoria total o nada
Donald Trump ha intentado enhebrar esta guerra en un relato de fuerza, inevitabilidad y, a ratos, de triunfo casi consumado. En sucesivas declaraciones, el presidente ha hablado de “aniquilación” y “eliminación” de la capacidad militar iraní, de un plan para destruir sus capacidades de misiles y de “demoler” su marina, todo ello presentado como condición necesaria para evitar un Irán nuclear y para proteger al pueblo estadounidense. En una conferencia de prensa, aseguró que Estados Unidos está “logrando avances mayores” en Irán y que los objetivos militares podrían estar “bastante bien completados”, aunque sin precisar cuál sería exactamente ese punto de llegada. En otra entrevista, dejó entrever la posibilidad de enviar tropas terrestres y subrayó que la campaña podría prolongarse “cuatro o cinco semanas, o lo que haga falta”, insistiendo en que Washington “llevará esto hasta el final”.
Esta retórica maximalista convive con mensajes contradictorios sobre el final del conflicto. En días recientes, Trump ha dicho que espera que la guerra “termine muy pronto” y que el esfuerzo militar estaría “muy adelantado al cronograma”, al tiempo que sus asesores de seguridad insisten en que Estados Unidos decidirá el final “en nuestro propio calendario”, sin presión externa. El presidente ha llegado a afirmar que Israel habría sido “borrado del mapa” si Washington no hubiera intervenido antes con bombarderos estratégicos contra instalaciones nucleares iraníes, presentando la ofensiva de 2026 como una continuación lógica de esos ataques preventivos. En este marco, la idea de un alto el fuego o de una negociación es tratada como debilidad, mientras se alienta implícitamente la posibilidad de un cambio de régimen en Teherán al pedir que “el pueblo iraní” se levante contra su propio gobierno aprovechando los bombardeos.
Estados Unidos: liderazgo y seguridad nacional en juego
Más allá del estilo de Trump, la posición institucional de Estados Unidos mezcla cálculos de seguridad nacional con la necesidad de sostener su papel de garante último del orden regional. Funcionarios de su administración han subrayado que el objetivo principal es impedir que Irán obtenga un arma nuclear, desarticular su red de milicias aliadas y reducir drásticamente su capacidad de proyectar poder más allá de sus fronteras. En el terreno militar, esto se tradujo en el despliegue de misiles en lanzadores móviles en bases como Al-Udeid, en el Golfo, y en la posibilidad —reconocida por el propio Trump— de enviar un segundo grupo de portaaviones para reforzar la campaña. El mensaje hacia afuera es de capacidad y determinación ilimitada: se insiste en que los ataques han destruido la mayor parte del arsenal de misiles iraní y que se conocen “todas las ubicaciones” donde Teherán fabrica drones, que estarían siendo destruidas una a una.
Sin embargo, esta demostración de fuerza viene acompañada de riesgos estratégicos significativos para Washington. La interrupción de rutas comerciales y energéticas amenaza con golpear la economía global y, por extensión, la doméstica, lo que ya ha disparado alertas entre grandes compañías petroleras y en los mercados financieros. Al mismo tiempo, cada víctima civil, cada imagen de edificios destruidos en ciudades iraníes, erosiona la legitimidad de una operación que se presenta como “cirugía militar” contra objetivos estrictamente estratégicos. La administración ha reconocido daños colaterales, como en el caso de la escuela de Minab, pero ha remitido a investigaciones internas mientras mantiene el ritmo de los bombardeos. El dilema de fondo para Estados Unidos es si su empeño en quebrar la capacidad de Irán no terminará alimentando justamente aquello que dice querer contener: una espiral regional que involucre a Líbano, Siria, Irak, el Golfo y más allá en una guerra de alcance impredecible.
Israel y la sombra de la aniquilación
Para Israel, el conflicto actual se construye sobre un relato de amenaza existencial que lleva años madurando en su discurso político. Desde la década pasada, los líderes israelíes han descrito a Irán como una potencia que ha empeñado su palabra en “aniquilar” al Estado judío, apoyándose tanto en las declaraciones incendiarias de varios dirigentes iraníes como en el desarrollo del programa nuclear de Teherán. Esta narrativa se ha intensificado tras la guerra en Gaza, el aumento de los ataques de Hezbolá y el intercambio de misiles entre Israel e Irán, presentando cada episodio como parte de un mismo intento de cercar y debilitar a Israel hasta hacerlo inviable. El resultado ha sido un clima interno donde una parte significativa de la población percibe literalmente que el país podría dejar de existir si no neutraliza las capacidades estratégicas de su rival.
Por ello, la alianza con Estados Unidos se vive como un salvavidas indispensable. Netanyahu ha señalado reiteradamente que el “primer y principal” objetivo de su diplomacia con Washington es lograr un acuerdo que vaya más allá del programa nuclear iraní, abarcando también su apoyo a grupos armados en Gaza, Líbano, Siria y Yemen. La intervención estadounidense es presentada como garantía de supervivencia: la declaración del propio Trump sobre Israel siendo “borrado del mapa” sin los bombarderos de Estados Unidos van justo ahí, reforzando la idea de una amenaza absoluta y de una dependencia estratégica total. Al mismo tiempo, Israel mantiene su propia campaña de ataques contra objetivos iraníes y sus aliados, desde Gaza hasta Beirut, en un esfuerzo por demostrar que no solo se defiende, sino que puede golpear preventivamente para disuadir futuras agresiones.
Irán: el sur global, resistencia, venganza y supervivencia
Desde Teherán, la guerra se narra como una agresión imperialista destinada a destruir a la República Islámica y recolonizar el país bajo tutela occidental. Los dirigentes iraníes han prometido una “venganza fuerte” y han enmarcado sus ataques de respuesta como legítima defensa frente a un intento de cambio de régimen promovido abiertamente por Washington y respaldado por Israel. En su comunicación interna y en medios estatales, se insiste en que los blancos elegidos son principalmente instalaciones militares y que se busca evitar víctimas civiles, para contrastar esa postura con las imágenes de destrucción causada por los bombardeos estadounidenses e israelíes. Teherán argumenta que su red de aliados armados en la región es un mecanismo de disuasión frente a rivales muy superiores en poderío convencional y nuclear, una especie de “escudo” extendido que compensa su inferioridad frente a Israel y Estados Unidos.
La muerte de Jameneí en uno de los primeros ataques ha añadido un elemento de incertidumbre interna a la narrativa de resistencia. Para el régimen, el asesinato del líder supremo es presentado como prueba definitiva de que el objetivo de Washington y Jerusalén no es solo frenar el programa nuclear, sino destruir el sistema político nacional e imponer un nuevo orden nacional. De cara a la sociedad iraní, el gobierno trata de combinar el llamado al sacrificio con la promesa de que el país saldrá fortalecido, recurriendo a la memoria de la guerra Irán-Irak de los años ochenta como precedente de una resistencia exitosa frente a enemigos más poderosos. Sin embargo, también enfrenta el riesgo de que el desgaste económico acumulado, las sanciones y la devastación de infraestructura agraven descontentos previos, especialmente entre sectores juveniles que ya han protagonizado protestas en años recientes.
La casa de los espejos
Tanto Israel como Irán se representan a sí mismos como Estados al borde de la exterminación, si bien sus capacidades materiales son muy dispares. Investigaciones académicas sobre esta rivalidad han mostrado cómo ambos han construido “narrativas de amenaza existencial” para justificar políticas de militarización, riesgos calculados y acciones preventivas que, vistas desde fuera, podrían parecer desproporcionadas. En el caso israelí, el trauma histórico del Holocausto y la experiencia de guerras sucesivas ligadas a su nacimiento como nación alimentan una percepción de vulnerabilidad casi permanente, que permite presentar a Irán como encarnación contemporánea de un peligro absoluto. Del lado iraní, la memoria de golpes de Estado apoyados por potencias occidentales, la guerra con Irak y décadas de sanciones refuerzan la idea de un país bajo sitio al que se quiere impedir cualquier autonomía.
Esta dinámica de espejo tiene efectos concretos en el cálculo de riesgo. Si ambos actores se perciben al filo del abismo, será muy probable que interpreten cualquier movimiento del otro como preludio de un ataque devastador y reaccionen de manera preventiva, elevando la posibilidad de errores de cálculo. En este contexto, la presencia de Estados Unidos como aliado incondicional de Israel y adversario estructural de Irán tiende a reforzar los miedos de ambos: para Israel, Washington es la red de seguridad que impide su destrucción; para Irán, es la prueba de que su enemigo es en realidad un bloque mucho más poderoso. La guerra de 2026 no solo destruye infraestructuras, sino que consolida estas percepciones extremas, haciendo más difícil cualquier retorno a una lógica de contención y negociación.
Trump como catalizador del conflicto
En medio de estas percepciones cruzadas, el estilo de Trump actúa como un acelerador de la lógica de todo o nada. Su discurso combina amenazas de “aniquilación”, promesas de una victoria rápida y mensajes contradictorios sobre los plazos y las metas, lo que introduce una capa adicional de incertidumbre en un contexto de por sí volátil. Cuando el presidente estadounidense afirma que “todavía no hemos empezado a pegarles fuerte” y sugiere que “la gran ofensiva está por venir”, envía señales tanto a Teherán como a sus propios aliados de que la escalada podría no haber tocado techo. A la vez, cuando insinúa que la guerra podría terminar “muy pronto” o que los objetivos están “casi cumplidos”, abre la puerta a interpretaciones ambiguas sobre qué tanto pudiera ser suficiente para considerarse “victoria”.
Esta ambivalencia tiene costos. Por un lado, los aliados regionales de Estados Unidos buscan señales claras sobre hasta dónde está dispuesto a llegar Washington y por cuánto tiempo, para ajustar sus propias posiciones. Por otro lado, en Teherán, cada declaración pendenciera de Trump refuerza la impresión de que no hay incentivos para moderar su respuesta, ya que el objetivo estadounidense sería, en última instancia, su rendición incondicional o su colapso político. En un conflicto donde los actores hablan constantemente de “líneas rojas” y “puntos de no retorno”, la ausencia de un horizonte político explícito —un alto el fuego, un esquema de garantías, un marco de negociación— incrementa la percepción de que la guerra se mueve por inercia cuesta abajo sobre una pendiente más que por estrategia.
Consecuencias impredecibles
Mientras los gobiernos insisten en que controlan el curso de la guerra, los organismos internacionales advierten de un escenario en el que ese control se está perdiendo de manera gradual. La extensión del conflicto a Líbano mediante el intercambio de fuego entre Israel y Hezbolá, la posibilidad de que milicias en Irak y Siria intensifiquen sus ataques y la fragilidad de las rutas comerciales en el Golfo, aunados al hecho de que países como Omán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein han recibido más ataques de drones y misiles que Israel mismo dibujan un mapa regional atravesado por múltiples frentes. Cada nuevo ataque masivo, cada error que provoque víctimas civiles, aumenta la presión sobre gobiernos vecinos y sobre potencias externas para tomar partido o para reforzar su presencia militar, ampliando el riesgo de un choque indirecto entre grandes actores. Además, la combinación de petróleo caro, mercados nerviosos y cadenas de suministro tensas amenaza con trasladar el costo de esta guerra al conjunto de la economía global, más allá de Medio Oriente.
Incluso el hecho de que, de forma paralela, a unos escasos cientos de kilómetros, los regímenes de Pakistán y el Talibán afgano están enfrascados en una guerra fronteriza no hace las cosas más sencillas.
Quizá lo más inquietante es que ninguno de los tres actores centrales —Estados Unidos, Israel e Irán— parece dispuesto, hoy, a aceptar una salida que no sea el cumplimiento de sus objetivos. Washington quiere un Irán permanentemente debilitado, sin capacidad nuclear y su red de milicias desarticulada bajo un gobierno laico; Israel aspira a eliminar la amenaza estratégica iraní en todas sus dimensiones; Teherán busca demostrar que puede resistir y castigar cualquier agresión, conservando su régimen teocrático y su margen de maniobra regional. En esa triple apuesta, lo que está en juego no es solo la correlación de fuerzas en Medio Oriente, sino la percepción misma de existencia y seguridad nacional de cada uno. Una guerra concebida por sus protagonistas como necesaria para sobrevivir puede, precisamente por eso, escapar al control de todos dado que sus objetivos son por diseño mutuamente excluyentes.

