Claro. Integré los fragmentos rotos en un texto continuo, corregí cortes evidentes de palabras y convertí los encabezados en mayúscula inicial. También mantuve el contenido y las cifras sin agregar información externa.
La visión nacional desde Palacio
La nueva central de ciclo combinado El Sauz II fue presentada; una obra limpia, ordenada: 269 megawatts más para el Sistema Eléctrico Nacional, más de cuatro millones de personas beneficiadas en Querétaro y el Bajío, un déficit de capacidad que empieza a cerrarse. Pero debajo de esa postal existe un gran reto: la Comisión Federal de Electricidad entra a una década en la que tiene que correr como no lo ha hecho en muchos años, la red se está saturando, la demanda aumenta mucho más rápido que la oferta, y se debe hacer todo desde la soberanía energética.
Claudia Sheinbaum decidió arrancar su sexenio con una promesa energética enorme: el Plan de Expansión CFE 2025-2030. No se trata solo de unas cuantas obras sueltas, sino de un paquete que, según el propio gobierno, incluye 78 proyectos de generación, transmisión y energías renovables, con una inversión pública que supera los 4,300 millones de dólares y se apalanca con recursos privados por 45 mil millones de dólares adicionales.
El Sauz II inaugura una etapa crítica; la CFE acelera obras mientras la demanda eléctrica crece más rápido que la red.
El mensaje viene claro también desde la tribuna: el Estado quiere mantener la batuta del sistema eléctrico y, al mismo tiempo, usar el dinero privado para llenar los huecos de la red y de la generación.
En una parte del plan están las plantas que funcionan con gas natural y prometen respaldo constante: ciclos combinados en Querétaro, San Luis Potosí, Salamanca y otros puntos donde la demanda industrial ya devoró a la infraestructura. En la otra, un catálogo de proyectos solares, eólicos y de almacenamiento que busca una transición energética más tersa y el rescate de México del rincón de los rezagados en compromisos climáticos.
Sobre el papel, todo parece alineado: más capacidad firme para evitar apagones, más renovables para demostrar a los socios comerciales que el país no se quedó clavado en el siglo pasado, y una expansión de la red que promete liberar cuellos de botella que llevan años presionando estados completos.
El problema aparece cuando se cruzan estos anuncios con la letra pequeña de los documentos técnicos. El Programa de Desarrollo del Sistema Eléctrico Nacional (PRODESEN) 2024-2038 reconoce que, entre 2022 y 2023, la demanda eléctrica creció 3.5%, mientras la capacidad de generación apenas subió 0.6%. Un terrible desfase: el país enciende más motores, más aires acondicionados, más líneas de producción, pero las nuevas plantas no llegan con la misma velocidad.
Y aún no contamos con centros de datos dedicados a la Inteligencia Artificial (IA), que los habrá y agregarán mayor presión a la red.
Así, la central de ciclo combinado El Sauz II, rebautizada “Josefa Ortiz Téllez Girón”, se vuelve vitrina, estampa de lo que justo el país necesita. Está en Pedro Escobedo, Querétaro, una zona que ya no es solo paso entre Ciudad de México y el norte, sino parte de un corredor industrial que crece a un ritmo que pone de nervios a quienes planifican los requerimientos energéticos del país.
La propia directora de la CFE, Emilia Calleja Alor, aceptó en la inauguración que, este año, Querétaro tuvo una demanda máxima de 1,535 MW, mientras su capacidad instalada se quedaba en 723 MW. La diferencia se sostuvo con energía que venía de otros estados, pero a costa de apretar más una red que ya venía ajustada en el centro del país.
El Sauz II agrega 269 MW y se coordina con dos gigantes que ya estaban en marcha o en fase de arranque: Salamanca I, con 958 MW, y Villa de Reyes, con casi 450 MW. Juntos, esos proyectos prometen inyectar alrededor de 1,677 MW adicionales que, según los planes, garantizarían que el estado deje de vivir al día en materia de electricidad. A eso se suma la obra proyectada de Salamanca II, con otros 483 MW, un seguro frente a la fiebre industrial del Bajío.
Lo que nadie quiere decir abiertamente es que la zona había empezado a jugar con fuego. Querétaro proyectó su imagen de polo seguro para el nearshoring mientras, en contraste, la gráfica de capacidad local mostraba un hueco que se va haciendo más grande. Empresas de tecnología, automotrices y centros logísticos llegaron con la idea de que el suministro estaba resuelto, pero la realidad planteada en el PRODESEN y otros reportes de planeación apuntaba a un límite que se acercaba rápido.
El Sauz II llega como cortafuegos: una planta de gas natural de ciclo combinado, con sistema de enfriamiento seco para ahorrar agua y generar un menor impacto ambiental frente a las centrales viejas que aún queman combustóleo o carbón.
A la inauguración acudieron la presidenta Claudia Sheinbaum, la secretaria de Energía, Luz Elena González y la dirección de la CFE, convertida en protagonista de un acto pensado para mandar una señal: es el gobierno —no en absoluto las empresas privadas— quien llega a tiempo a rescatar el sistema. El gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, agradeció la obra y recordó que, durante las lluvias de octubre, la CFE restableció el suministro en el estado en cuestión de horas, comparándolo con desastres en Estados Unidos donde los apagones pueden durar semanas.
Si se mira el sistema como un mapa de líneas y subestaciones, el principal enemigo de la CFE no está solo en la generación, sino en la red de transmisión y distribución. El propio gobierno admite la necesidad de transmisión para integrar entre los 15 y 20 GW de renovables que se generarán hacia 2030. El dato duele todavía más cuando se lee que, en los últimos seis años, apenas se construyeron 100 kilómetros de líneas, una cifra mínima frente a lo que se requiere.
El Plan de Expansión CFE 2025-2030 intenta corregir ese rezago con una propuesta agresiva: 275 nuevas líneas de transmisión, equivalentes a 6,735 kilómetros circuito, y 524 obras en subestaciones eléctricas en todo el país. Solo para 2025 y 2026 se enumeran 66 proyectos de transmisión con una inversión acumulada de 1,916 millones de dólares, bajo esquemas de financiamiento como OPF y FIBRA.
El Programa de Ampliación y Modernización de la Red Nacional de Transmisión repite el mismo diagnóstico: sin redes nuevas, la energía renovable que se proyecta para el norte y el centro no se podrá trasladar a donde están las ciudades y las fábricas. Hay zonas como la península de Yucatán que padecen infraestructura insuficiente para cubrir picos de consumo, y que han visto apagones y restricciones justamente por no tener líneas suficientes ni respaldo firme a la altura del crecimiento turístico.
Aquí aparece otro tema: el gobierno presenta metas de generación limpia —en 2023 la generación limpia se quedó en 24.3%, lejos de la meta del 35% que se había originalmente planteado—, pero al mismo tiempo ha frenado o enredado la entrada de capital privado en el mercado eléctrico, que fue el que construyó buena parte de los parques eólicos y solares de la década pasada.
El IMCO advierte que, sin un ambiente propicio para la inversión pública y privada, las proyecciones del PRODESEN —más de 68,000 MW adicionales entre 2028 y 2038, con 80% de capacidad limpia— no alcanzarán a ver la luz.
La doble vida de la CFE: empresa pública y empresa del Estado
La CFE opera en dos hemisferios al mismo tiempo como un cerebro humano. Uno es el de las cifras y los balances, donde se mide cuánta energía se inyecta al sistema, cuánto se pierde en la red, cuántos proyectos se cierran en tiempo y forma. El otro hemisferio es su papel de guardián de la soberanía, muro frente a las empresas extranjeras y salvavidas en desastres naturales.
En el primero, el reto es rudo: el país necesita más capacidad instalada a un ritmo que no ha logrado en los últimos años, modernizar equipos viejos y reducir pérdidas que en algunas zonas todavía son altas. La red de distribución, la que llega a colonias y pueblos, sufre un desgaste de varias décadas, las conexiones irregulares y la falta de inversiones sostenidas; allí se pierden gigawatts que se necesitan en otras partes del país.
En el segundo hemisferio con el que opera la CFE, la empresa celebra logros como la inauguración de El Sauz II. Son escenarios donde se repite que el 54% de la generación eléctrica corresponde al Estado y que eso debe mantenerse frente a cualquier renegociación comercial, incluyendo el mismísimo T-MEC.
Al mismo tiempo, el propio plan de expansión reconoce, aunque no lo diga explícitamente, que sin capital privado no hay manera de alcanzar los objetivos de nueva capacidad y redes.
Más tensión entonces: en las condiciones actuales son necesarias las empresas eléctricas privadas, conviven con el diseño de esquemas de coinversión, asociaciones y financiamiento compartido para los proyectos de transmisión y energías limpias. Nadie lo va a decir en voz alta: la CFE no puede sola. No con el ritmo de demanda que marca la información disponible, ni con la presión de zonas que quieren aprovechar el nearshoring y amenazan con irse a otro lado si no se les garantiza energía suficiente y confiable.
En el norte del país pasa algo distinto, pero igual de incómodo. Hay zonas con potencial enorme para renovables —sobre todo solar y eólica—, pero la red no está lista para sacar esa energía hacia los grandes centros de consumo. Mientras no se construyan las líneas que propone el Plan de Expansión 2025-2030, muchos proyectos se quedan sobre la mesa o atrapados en litigios, permisos y negociaciones. La CFE se enfrenta a una disyuntiva: abrir más la puerta a alianzas con el sector privado o cargar sola con el peso financiero y operativo de un sistema que ya se saturó.
¿Qué significa El Sauz II dentro de todo esto?
El Sauz II no es solo una planta más en la lista de obras nuevas. Es la foto de cómo el gobierno necesita que funcionen sus planes: tecnología moderna, gas natural, uso restringido de agua, combinación de soberanía estatal y coinversión con privados que sea conveniente para todos los involucrados. También es la prueba de que el país puede resolver los cuellos de botella, como el que venían creciendo en el Bajío desde hace años.
La central permite que Querétaro deje de depender tanto de energía que viaja desde otros estados para alimentar su crecimiento industrial, aunque no elimina el problema de fondo: la demanda va a seguir subiendo, empujada por el nearshoring y por una migración interna que llena parques industriales y fraccionamientos enteros. El anuncio de que se agregará en todo el sexenio alrededor de 29 mil MW de nueva capacidad al sistema eléctrico nacional habla de un esfuerzo grande, pero también de la magnitud del rezago acumulado.
El Sauz II, Salamanca, Villa de Reyes y los proyectos que vienen no solo tienen que encender turbinas. Tienen que sostener la promesa de que México será un destino confiable para la industria que huye de Asia, un país capaz de alojar fábricas y centros de datos sin colapsar su red eléctrica todos los veranos. Y, al mismo tiempo, cargar con la presión internacional de reducir emisiones y mover su matriz hacia fuentes menos contaminantes en un plazo que básicamente no es negociable al estar en acuerdos climáticos ya firmados.
Lo que viene para la CFE es una década en la que cada inauguración como la de El Sauz II servirá para enviar un mensaje de control y orden. Mientras tanto, la planificación seguirá registrando, con lenguaje frío, si la empresa logró achicar la distancia entre lo prometido y lo posible.
La pregunta es cuánto tiempo se mantendrá al sistema así, en el límite de su propia capacidad eléctrica.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 14 DE REVISTA GUINDA

