No existe el debate, todo es una simulación llevada al show mediático. En ningún caso hay pluralidad y objetividad. ¿Quedan medios libres, aquellos que aparentemente no los dirige un empresario o burócrata…?
EDGAR FERNANDO CRUZ
Nadie duda de que hace falta regular a todos los medios de comunicación para una nueva era.
La participación de los medios en la vida social es fundamental; es el canal de comunicación entre gobierno y gobernados, comunicando además educación, cultura y diversión.
La revolución tecnológica basada en Internet y las cámaras de grabación dispuestas en todos los celulares han hecho de cada ciudadano un reportero o generador de contenidos que pueden viajar rápidamente por todas las plataformas digitales.
Ha cambiado el juego de entrega, permanencia y velocidad con la que se publican las producciones de información, noticiosa o de diversión, entretenimiento y publicidad o promoción.
La información de índole política gubernamental ha tomado tintes de show; basta con ver a legisladores en el espectáculo de la declaración como método de persuasión y des-calificación al opositor. Reporteros buscando afanosamente la frase banquetera demoledora para aplauso de los jefes en los medios, privados o públicos. Así, una declaración supera a la otra.
Aire y visibilidad reclama el ego de los políticos, hay quienes ya tienen su propio canal opinativo. Como una fiesta circense hilarante de la declaración espontanea, como una nueva y contundente arma del discurso político.
La ética y la moral informativa apegada a la verdad es casi una utopía; en el proceso de la transición democrática cada actor posiciona su ideología y demerita a la opuesta.
Se ha perdido la pluralidad de opiniones, la diversidad de pensamiento; cada medio defiende desde su mañosa argumentación, sus propias visiones, análisis o escenarios.
Por un lado, medios concesionados y redes sociales plantean la catástrofe de la 4T, muchas veces con mentiras alarmantes.
Mientras, desde los medios del estado (SPR) como canal 14, 22 y 11 demeritan, descalifican la opinión de los medios privados, con periodistas inclinados a su favor, y simpatizan y citan a ‘influencers’ que coincidan ideológicamente con el proyecto progresista.
O sea: un desastre de contenidos, cargados, sesgados y nada plurales.
No existe el debate, todo es una simulación llevada al show mediático.
En ningún caso hay pluralidad y objetividad.
¿Quedan medios libres, aquellos que aparentemente no los dirige un empresario o burócrata, como las plataformas de internet alojadas en el extranjero, ventanas para publicar lo que sea, falso o verdadero?
Una batalla campal entre generadores de contenido, periodistas, ‘influencers’, ‘youtubers’ y ciudadanos que encuentran en este terreno el desahogo, la catarsis y esperan el efecto para ganar seguidores y monetizar o recibir donativos a las cuentas bancarias de los comunicadores digitales.
Resulta que estas plataformas también están invadidas por las mismas empresas de medios: el caso expuesto en Aristegui Noticias, de ‘El Palomar’ en Televisa, una oficina donde se producían ‘fake news’ y se demeritaba o apoyaba a algún proyecto. Un tema pendiente, por aclararse… ya veremos.
Con este panorama, la Ley de Medios quiso visibilizar el problema, y en la obscuridad de una noche votarlo.
La verdad es que la pretendida reforma estuvo mal socializada…
Usaron como pretexto los spots anti-inmigrante y amenazante del gobierno norteamericano en radio y televisión nacional.
Se informó entonces sobre la incitativa de ley que ya venían trabajando en lo obscurito, sin consultar a los medios ni a la CIRT.
Estas reformas deben plantearse claramente y con calma; se quiso hacer fast-track. Propuesta así, es un abuso, un atropello para la industria de la comunicación y las redes.
Se vino una oleada de críticas desorbitadas y exageradas en los medios empresariales; la bancada morenista defendió la iniciativa y con voceros de los medios públicos, intentó convencer, pero sin profundizar. No lograron.
Por la ola adversa, la Presidenta frenó el tema a manera de control de daños y lo mandó a junio, a una sesión extraordinaria, y pidió que se cambie la redacción, o que se quiete el artículo 109, pero dijo que ya no se quedaría como está.
Con la reforma, se formaría un super-organismo de revisión fiscal de los digitales, un organismo no colegiado que recaería en una figura, una persona. Sería un organismo muy poderoso.
Entonces, aquello que se intentó votar de la noche a la mañana en la Cámara de Senadores, se frenó y se fue a conversatorios… arar en el mar.
La necesidad de legislar es real, pero el 109 de la LFTR que busca acotar y exigir cumplimiento fiscal y que por esa razón podría suspender contenido… suena muy raro, sin afectar la libertad de expresión.
Este es el siglo XXI. La tecnología nos rebasó a todos y desnudó nuestro espíritu.
El derecho de la audiencia es en el fondo, letra muerta.

