Por AMOS OLVERA PALOMINO
E. UU. reactiva el Gran Juego en Asia Central, reordenando la disputa con Rusia y China por el control de Eurasia.
El retorno de Estados Unidos a Asia Central vuelve a situar a la región en el centro de la competencia estratégica entre grandes potencias. Lejos de inaugurar un escenario verdaderamente multipolar, el movimiento confirma la persistencia de una arquitectura geopolítica formulada hace más de un siglo.
Dos análisis recientes —El Oleoducto Transcaspio resurge mientras Estados Unidos planea su regreso a Asia Central, de Conor Gallagher, publicado en Naked Capitalism, y La carrera de Donald Trump por Asia Central, de John Herbst, en The National Interest— muestran que el llamado Gran Juego nunca desapareció: simplemente adoptó nuevas formas, actores y mecanismos.
El Oleoducto Transcaspio como herramienta geoestratégica
Gallagher analiza con detalle el resurgimiento del proyecto del Oleoducto Transcaspio (TCP), una iniciativa que durante años pareció inviable debido a su complejidad técnica, la falta de consenso financiero y la oposición directa de Rusia e Irán.
El renovado impulso estadounidense no responde a una necesidad energética inmediata, sino a una lógica claramente geoestratégica. Cada volumen de gas procedente de Turkmenistán que llegue a Europa sin atravesar territorio ruso debilita la capacidad de Moscú para influir sobre el mercado energético europeo.
El mar Caspio, que parecía haber perdido relevancia frente al auge del gas natural licuado y la expansión energética de Medio Oriente, vuelve así a ocupar un lugar central en la competencia global.
Impacto regional: Europa, Asia Central y el Cáucaso
Washington concibe el TCP como un instrumento capaz de reconfigurar no solo el mapa energético, sino también el equilibrio político regional.
La Unión Europea observa el proyecto con interés, aunque con cautela: necesita diversificar sus fuentes de suministro, pero teme la reacción rusa y el costo político de aumentar la tensión en un espacio históricamente vinculado a Moscú.
Turkmenistán evalúa la posibilidad de diversificar sus exportaciones, consciente de que reducir su dependencia de China también implica exponerse a nuevas presiones externas.
Azerbaiyán, convertido en puente energético entre el Caspio y el Mediterráneo, se consolida como pivote regional, aunque asumiendo mayores riesgos.
Las implicaciones de este corredor van más allá del gas: afectan directamente la influencia rusa, la expansión china y la presencia turca.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 14 DE REVISTA GUINDA

