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La Trampa de Tucídides: ¿Pueden Trump y Xi evitar la guerra?

Rubén Muñoz Por Rubén Muñoz
octubre 8, 2026
in Impreso
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La Trampa de Tucídides: ¿Pueden Trump y Xi evitar la guerra?

La cumbre que definió el futuro: China y EE.UU. negocian al borde de la confrontación histórica 

El 14 de mayo de 2026, en el Gran Salón del Pueblo de Pekín, el presidente chino Xi Jinping abrió la cumbre más vigilada del mundo con una pregunta que no fue filosófica: fue un ultimátum envuelto en retórica clásica. “¿Pueden China y los Estados Unidos superar la llamada ‘Trampa de Tucídides’ y crear un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”, preguntó ante las cámaras de la televisión estatal china, con Donald Trump sentado frente a él. El salón estuvo en silencio un instante. 

Trump, quien habló a continuación, no respondió la pregunta. Dijo que la relación entre China y Estados Unidos iba a ser “mejor que nunca”. Las dos respuestas, juntas, resumen todo lo que ocurrió en Pekín.

El concepto que cambió las reglas del juego

La Trampa de Tucídides es un término acuñado por el politólogo Graham Allison, profesor de la Harvard Kennedy School, en la década de 2010, y expandido en su libro Destined for War (2017). Su premisa parte del historiador griego Tucídides, quien documentó la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, iniciada en el año 431 a.C., y concluyó que fue el ascenso de Atenas y el miedo que ese ascenso infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra. 

Allison rastreó ese patrón a lo largo de la historia: de 16 rivalidades entre una potencia ascendente y una establecida, 12 terminaron en conflicto armado.

La pregunta que lanzó Xi ante Trump no era nueva. El líder chino lleva más de una década invocando el concepto para posicionarse como el actor responsable de la relación bilateral. En 2015, ante empresarios en Seattle, dijo que “no existe tal trampa”.

 En 2023, frente al líder demócrata Chuck Schumer, afirmó que la Trampa de Tucídides “no es inevitable”. Pero en Pekín, en mayo de 2026, la invocó no para descartarla, sino como advertencia directa. El matiz es crucial: Xi no estaba diciendo que el conflicto sea imposible; estaba diciendo que depende de lo que Washington haga a continuación. Y lo que viene a continuación es Taiwán.

 

Una pregunta filosófica ante una amenaza concreta

Minutos después de plantear la pregunta sobre Tucídides, Xi dejó caer la segunda parte del mensaje. “La cuestión de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones China-Estados Unidos”, declaró,según el reporte de la agencia estatal Xinhua. “Si se maneja mal, los dos países podrían chocar e incluso entrar en conflicto, poniendo toda la relación en una situación de peligro extremo”. La independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho de Taiwán son, dijo, “tan irreconciliables como el fuego y el agua”.

El secretario de Estado Marco Rubio, presente en la delegación estadounidense, respondió a periodistas que “la posición de Estados Unidos sobre Taiwán no ha cambiado”. Trump, en cambio, admitió en el avión presidencial de regreso que discutió “en gran detalle” las ventas de armas a la isla y dijo que aún no había aprobado un nuevo paquete de 14 mil millones de dólares pendiente. “Lo tengo en suspenso, y depende de China”, declaró. 

El reconocido análisis del Council on Foreign Relations observa que esta declaración podría constituir una “desviación abrupta” de la política de décadas de no consultar con Pekín sobre ventas de armamento a Taiwán, establecida en los “Seis Compromisos” de Ronald Reagan en 1982.

 

El ocaso Americano como lectura china

Trump reaccionó a la referencia tucidídea de Xi con un mensaje en Truth Social en el que dijo que cuando Xi “elegantemente se refirió a Estados Unidos como quizás una nación en declive, se refería a los tremendos daños que sufrimos bajo la Administración de Biden”. 

El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) publicó en enero de 2026 los resultados de una encuesta de 26,000 personas en 21 naciones que arrojó un hallazgo demoledor: la política “America First” de Trump, paradójicamente, está haciendo grande a China. 

Mayorías en casi todas las regiones encuestadas esperan que la influencia global de China crezca en la próxima década. Ese porcentaje alcanza el 83% en Sudáfrica, el 72% en Brasil y el 63% en Turquía, mientras que el 54% de los propios estadounidenses comparte esa expectativa. Al mismo tiempo, los aliados tradicionales de Washington se sienten cada vez más distantes de la potencia norteamericana, y los enemigos históricos de Estados Unidos la temen menos que antes.

Allison, en declaraciones previas a la cumbre, fue preciso sobre el equilibrio de fuerzas: “Tanto Xi como Trump reconocen que, estructuralmente, sus dos naciones están destinadas a ser los rivales más feroces de la historia”. La diferencia, observable en Pekín, es que uno de los dos llegó con una arquitectura conceptual para gestionar esa rivalidad durante los próximos años. El otro llegó con una lista de compras.​

 

La doctrina de la “Estabilidad Estratégica Constructiva”

El resultado más relevante de la cumbre no fue el pedido de 200 aviones Boeing ni los compromisos agrícolas de 17 mil millones de dólares anuales. Fue la aceptación, al menos retórica, de un concepto: la “estabilidad estratégica constructiva”. Xi presentó ante Trump una fórmula de cuatro componentes para el nuevo posicionamiento de la relación bilateral: estabilidad positiva con la cooperación como pilar; estabilidad sólida con competencia dentro de límites apropiados; estabilidad constante con diferencias manejables; y estabilidad duradera con una paz predecible.

La experta Zongyuan Zoe Liu, del Council on Foreign Relations, publicó un análisis que desnuda la asimetría conceptual de Pekín: para Washington, la cumbre fue sobre hacer la competencia lo suficientemente manejable como para producir dividendos económicos y políticos; para Beijing, fue sobre cambiar el vocabulario de la relación. “Estados Unidos enfatizó las transacciones; China enfatizó la jerarquía, el estatus y las reglas de conducta”, escribe Liu. La misma conferencia de prensa sirvió objetivos distintos.​

El análisis de The Diplomat va más lejos y sostiene que el término “estabilidad estratégica” tiene raíces semánticas radicalmente distintas en las dos tradiciones políticas. En el léxico anglosajón, remite a la Guerra Fría y la gestión de rivalidades nucleares: herramientas, acuerdos, verificación, líneas rojas. En el léxico político chino, el término lleva resonancias más amplias que se remontan a la fórmula maoísta de “yǒu lǐ, yǒu lì, yǒu jié”: “con fundamento justo, a favor propio y con moderación”. 

En ese registro, la “estabilidad” no es el fin de la rivalidad; es el contenedor que hace sostenible una larga rivalidad. El secretario Rubio dijo que Estados Unidos “está de acuerdo” con la estabilidad estratégica, pero utilizó el término en su sentido anglosajón, sin adoptar la arquitectura conceptual de cuatro componentes que Beijing propuso. Beijing avanzó una casilla; Washington aplaudió.​

 

Taiwán, Irán y el mapa de tensiones

La cumbre de Pekín no solo fue una negociación bilateral: fue también un intento de Washington de comprometer a China en la crisis de Irán. La Casa Blanca reportó que ambos líderes acordaron que Teherán no debe poseer armas nucleares y que el Estrecho de Ormuz, por el que transita una quinta parte del suministro global de petróleo, debe mantenerse abierto. 

Trump afirmó que China se comprometió a no enviar ayuda militar a Teherán. La Cancillería china fue considerablemente más cautelosa, haciendo énfasis en el diálogo y el papel chino como mediador, no como ejecutor.

El caso Taiwán ilustra el mismo patrón de ambigüedad calculada. La hoja de hechos de la Casa Blanca no mencionó Taiwán en ninguna línea. La lectura china, en cambio, lo presentó como el tema central de la cumbre.

 La Fundación para la Defensa de la Democracia (FDD) señaló que Trump llegó a reconocer ante periodistas que discutió un paquete de ventas de armas pendiente con Xi y que consideraría elevar el tema con la presidenta taiwanesa Lai Ching-te, “una brusca desviación de la política establecida de Estados Unidos”. Wu Xinbo, analista chino citado por PBS, lo resumió sin ambages: “Si no acomodas mi preocupación en el tema de Taiwán, no vas a tener estabilidad estratégica real”.

La Trampa de Tucídides opera aquí con precisión de relojería: cada concesión de Trump en Taiwán que no es negada directamente es una ganancia geopolítica para Pekín. La estabilidad que se ofrece a Washington tiene un precio en el Estrecho.

 

¿Arquitectura real o armisticio de conveniencia?

Los dos nuevos mecanismos creados en la cumbre —la Junta de Comercio y la Junta de Inversión entre Estados Unidos y China— representan el intento más concreto de institucionalizar la relación bilateral desde el declive de los mecanismos del diálogo estratégico bajo Obama. 

El secretario del Tesoro Scott Bessent los presentó como el “pilar” del acuerdo. Sin embargo, el propio análisis del CFR advierte que estos mecanismos están diseñados para gestionar disputas en bienes “no sensibles”, dejando fuera de la mesa los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial, los controles de exportación, la capacidad industrial china y las infraestructuras críticas.

La pregunta incómoda es si los dos países lograron algo más que un “armisticio funcional”. The Diplomat observa que, bajo la presidencia de Biden, Washington organizó su estrategia China alrededor de “invertir, alinear, competir”. Bajo Trump, la fórmula es más sencilla y más peligrosa: hacer negocios y llamar estabilidad al resultado. China, por su parte, llega a esta mesa con ventajas estructurales que Washington tardó en reconocer. 

Heidi Crebo-Rediker, economista del Council on Foreign Relations, advirtió antes de la cumbre que lo que alguna vez fue una ventaja industrial de nicho en minerales críticos —itrio, escandio, neodimio, indio— es hoy una palanca sistémica de influencia geopolítica. China controla la cadena de procesamiento de esos materiales, indispensables para chips, automóviles eléctricos y armamento. Esa palanca no apareció en los comunicados conjuntos.

El pacto entre las dos potencias tiene la estructura de una fotografía y no de una arquitectura: capta un momento favorable, pero carece del andamiaje institucional para sostenerse ante la primera crisis severa. Allison, el hombre que popularizó la Trampa de Tucídides y cuyo concepto fue el protagonista involuntario de la cumbre, declaró que espera que la tregua comercial del otoño de 2025 evolucione hacia un acuerdo formal. 

Pero un acuerdo formal sin reglas sobre IA, sin un marco de gobernanza de semiconductores y sin una definición compartida de qué significa “manejar bien” el caso de Taiwán no es una arquitectura de paz. Es, como diría el propio Tucídides, una pausa entre guerras.​

 

La pregunta que quedó sin respuesta

Cuando Xi preguntó si China y Estados Unidos podían superar la Trampa de Tucídides, el mundo esperaba una respuesta a la altura de la pregunta. Trump ofreció optimismo transaccional; China ofreció una doctrina. La distancia entre esas dos respuestas es la medida exacta del riesgo que subsiste.

La próxima cumbre, prevista en Washington en septiembre de 2026, será la oportunidad de traducir el protocolo de Pekín en compromisos verificables. Pero la historia de las grandes rivalidades de poder —la que Tucídides documentó y Allison sistematizó— enseña que las trampas no se evitan con buenas intenciones ni con declaraciones de estabilidad. Se evitan, cuando se evitan, con reglas claras, instituciones sólidas y voluntad política para cumplirlas incluso cuando duele. 

Nada de eso estuvo sobre la mesa en el Gran Salón del Pueblo. Lo que estuvo fue un vendedor de bienes raíces frente a un estadista de largo plazo, una feria comercial disfrazada de cumbre histórica, y una pregunta sin respuesta que seguirá resonando mucho después de que los aviones Boeing aterricen en China.

 

Tags: ChinaEstados UnidosREVISTA GUINDATrumpXi Jinping

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