Un frágil acuerdo entre Trump y la OTAN en Groenlandia: tratado en el Ártico
Un frágil acuerdo entre Trump y la OTAN en Groenlandia empezó a tomar forma tras semanas de tensión con aliados europeos que veían venir una nueva guerra comercial. En Davos, el presidente presumió un “framework of a future deal” que abraza no solo la isla, sino toda la región ártica, con la Organización del Tratado del Atlántico Norte como escenario y árbitro a la vez. El gesto incluyó una promesa concreta: congelar aranceles del 10% a productos europeos que habían sido usados como garrote contra los gobiernos más reacios.
En ese telón de fondo, Groenlandia vuelve a aparecer como pieza de alto valor estratégico: territorio autónomo de Dinamarca, incrustado en la arquitectura de defensa occidental y colocado justo donde se cruzan las rutas del Atlántico Norte y un Ártico cada vez más navegable. Para Trump, ese punto del mapa funciona como palanca para proyectar poder militar y para marcar territorio frente a Rusia y China.
Tres ejes del nuevo entendimiento
El marco se sostiene en tres ejes. El primero pasa por un acceso militar ampliado para Estados Unidos, con la expansión de la base de Pituffik (antes Thule) y la posible apertura de nuevas áreas de despliegue permanente. El segundo se centra en un compromiso de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para reforzar vigilancia aérea, patrullas marítimas y capacidades tecnológicas en el Ártico, con la mirada puesta en la actividad rusa y china en la zona. El tercero se refleja en un gesto político: la retirada, al menos por ahora, de las amenazas de usar la fuerza o de avanzar hacia una anexión de facto, que había encendido alarmas en capitales europeas y entre la población local.
Sobre la mesa también aparece la idea de instalar componentes del sistema de defensa antimisiles Golden Dome en la isla, lo que convertiría a Groenlandia en un nodo del escudo estadounidense de largo alcance. La comparación que hace Trump con las bases soberanas británicas en Chipre apunta a un modelo de jurisdicción especial, negociado, pero con margen amplio para la actuación militar de Washington.
Soberanía, límites y preguntas abiertas
Detrás de los anuncios, el terreno legal y político sigue áspero. Dinamarca y el gobierno groenlandés dejan claro que no entregarán soberanía y que cualquier cambio en la presencia militar estadounidense tiene que pasar por sus manos. Existe ya un acuerdo de 1951 que autoriza la presencia militar de Estados Unidos en la isla, de modo que el nuevo arreglo se parece más a una ampliación robusta que a un giro completo. Desde Nuuk se repite una frase que suena a advertencia: nada sobre nosotros sin nosotros.
Mientras tanto, en la OTAN circula la idea de un programa “Arctic Sentry” para coordinar ejercicios, presencia y vigilancia entre aliados en la región. El entendimiento político desactiva, por ahora, el choque comercial que se venía, pero abre otra línea de tensión: hasta dónde crecerá la huella militar estadounidense en el Ártico y qué margen real tendrán Dinamarca y Groenlandia para decir no.
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