Las nuevas condiciones geopolíticas favorecen a México
Cuando la guerra en Ucrania cerró dos llaves de suministro —Rusia hacia Europa y parte de los flujos tradicionales de crudo—, las nuevas condiciones geopolíticas favorecieron a México porque reacomodaron el mapa de proveedores “confiables” para Occidente. El país quedó pegado a un vecino que produce más hidrocarburos que nunca, con infraestructura compartida y con gobiernos que, pese a los choques, siguen unidos por tratados comerciales y por cadenas de valor que no se desarman de un día a otro.
En aquel tablero, las nuevas condiciones geopolíticas favorecieron a México en la medida en que convirtió esa vecindad en contratos, inversión y capacidad propia, no solo en dependencia pasiva de ductos y refinerías al otro lado de la frontera.
Hoy está México ante un nuevo viraje tras la captura de Maduro y el viraje del gobierno venezolano a los intereses de los Estados Unidos.
México entonces deberá evitar el quedarse quieto, la misma ola que hoy, con el cambio de situación en Venezuela, acerca a nuestra industria a un lugar de privilegio, podría el día de mañana arrastrarnos a un mundo de deuda, mayor exposición a los ciclos políticos de Washington y menor margen para decidir tarifas y subsidios internos.
Petróleo abundante y mercados nerviosos
El mercado de Petróleo entra a 2026 con un síntoma conocido: barriles de sobra y nerviosismo permanente por conflictos y decisiones de la OPEP+. La producción sube en Medio Oriente, Estados Unidos y varios países de América Latina, mientras el consumo crece más despacio por eficiencia energética y por la entrada de renovables en transporte y electricidad.
Para México, esta mezcla pega de dos formas: complica financiar grandes proyectos de exploración y refinación, pero le abre espacio para reorientar exportaciones y aprovechar huecos en el mercado si sostiene su producción en torno a lo planteado en el Plan Estratégico 2025–2035 de Petróleos Mexicanos (PEMEX). El reto no está solo en sacar más crudo, sino en decidir cuánto se vende, cuánto se refina en casa y cuánto se usa como palanca fiscal sin repetir la historia de deuda y refinerías cansadas.
El gas y el GNL: ventaja y talón de Aquiles
Mientras el petróleo se amontona, el Gas Natural Licuado se volvió mercancía de alto voltaje político entre Europa, Asia y Estados Unidos. Europa compite por cargamentos para sostener su transición, Asia no suelta su demanda y Norteamérica aparece como gran plataforma exportadora, con terminales que empujan más moléculas hacia mercados lejanos.
México entra en ese juego como país que importa buena parte de su gas desde Texas y, al mismo tiempo, impulsa proyectos de GNL en el Pacífico y el Golfo pensados para sacar gas estadounidense hacia Asia y otros destinos. Esa posición puede darle ingresos, empleos y peso geopolítico, pero también lo deja expuesto a que variaciones en precios globales o decisiones regulatorias en Washington encarezcan la factura eléctrica y la operación industrial dentro del país.
Pemex, el nuevo marco legal y el margen de maniobra
El nuevo andamiaje regulatorio de hidrocarburos concentra aún más decisiones en el gobierno federal y coloca a Pemex como puerta de entrada a las áreas de exploración y extracción, relegando las rondas competitivas y privilegiando esquemas de asociación bajo liderazgo estatal. Sobre ese piso, el Plan 2025–2035 traza un objetivo: estabilizar la producción cerca de 1.8 millones de barriles diarios, ampliar la extracción de gas, extender gasoductos y alcanzar autosuficiencia de combustibles en 2027 con apoyo de nuevas cogeneradoras y la refinería Olmeca.
La jugada viene con costo: alta concentración de riesgo financiero y operativo en una sola empresa que carga con años de deuda y refinerías con eficiencia limitada. La ventana geopolítica se abre justo cuando más se exige a Pemex y menos espacio queda para actores privados que podrían compartir inversiones, tecnología y golpes de mercado.
Lo que ve la Consultora KPMG y lo que viene
Desde la mirada de la Consultora KPMG, el sector energía se mueve en un entorno de “tectonic shifts” de poder, aranceles y cadenas de suministro más cortas, en el que países como México aparecen como “middle powers” capaces de ganar terreno si ajustan políticas y fortalecen su resiliencia regulatoria y financiera. Eso incluye prepararse para eventuales tarifas sobre exportaciones energéticas, revisar subsidios que ya pesan en las finanzas públicas y diseñar cadenas de valor más cercanas, donde el nearshoring industrial se apoye en energía suficiente y predecible.
Ahí se juega el siguiente capítulo: si México usa este ciclo para ordenar la casa —sanear a Pemex, diversificar inversión y alinear transición energética con seguridad de suministro—, la frase “las nuevas condiciones geopolíticas favorecen a México” no quedará solo como consuelo en un informe internacional. De lo contrario, el país podría mirar en pocos años cómo esa oportunidad se desplaza a otros productores con menos deuda, más flexibilidad contractual y menos miedo a compartir control sobre sus recursos.
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