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EL GIRO POLÍTICO EN CHILE

Hak Guinda Por Hak Guinda
octubre 4, 2026
in Impreso
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EL GIRO POLÍTICO EN CHILE

Al iniciar el año 2026, el continente americano se encuentra inmerso en una transformación geopolítica de una magnitud y profundidad no vistas desde el fin de la Guerra Fría, un reordenamiento que ha fracturado el tablero diplomático y ha puesto a prueba la supervivencia de los proyectos progresistas en la región.

Si alguna vez existió la ilusión, alimentada durante la primera mitad de la década, de que América Latina caminaba hacia una consolidación homogénea de gobiernos de izquierda y centroizquierda, el amanecer del nuevo año se ha encargado de disiparla con la brutalidad incontestable de los hechos consumados.

La victoria aplastante de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales de Chile no es meramente una alternancia democrática más en la siempre vibrante política del Cono Sur; simboliza el colapso definitivo de un ciclo histórico y la confirmación de que la región se ha partido en dos bloques irreconciliables, dejando a México y a su proyecto de transformación en una nueva posición estratégica alarmante.

Para el gobierno de la Cuarta Transformación, encabezado hoy por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, las noticias que llegan desde Santiago no pueden ser leídas como simples reportes internacionales ajenos, sino como advertencias existenciales sobre los límites del discurso ideológico frente a la demanda de resultados tangibles.

Con un Donald Trump desatado en el Norte, imponiendo una política exterior agresiva de “Estados Unidos Primero”, y una “Marea Azul” consolidada en el Sur bajo el liderazgo de figuras como Kast y Javier Milei, nuestro país ha quedado convertido en una trinchera estratégica, defendiendo una visión de soberanía, justicia social y humanismo en un continente que parece haber claudicado ante la fuerza bruta, el intervencionismo militar directo y el mercado desregulado.

Implosión del proyecto progresista de Boric

Para comprender la magnitud del sismo político que sacude al hemisferio, es imperativo diseccionar primero la implosión del modelo chileno, pues allí radica la lección más dolorosa para el progresismo continental.

La República de Chile ya no es la “tumba del neoliberalismo” que prometía ser durante el estallido social de 2019, ni el faro de la socialdemocracia moderna que muchos esperaban. Es, por el contrario, el nuevo laboratorio de una derecha radical de “mano dura” que ha sabido leer con precisión quirúrgica lo que la administración saliente de Gabriel Boric ignoró o no pudo resolver: el miedo profundo de la ciudadanía.

La victoria de Kast en la segunda vuelta del pasado 14 de diciembre de 2025 fue inapelable, obteniendo un contundente 58.17% de los votos frente al 41.83% de la candidata oficialista, Jeannette Jara. Este resultado, que otorgó a Kast la mayor votación histórica en términos absolutos para un presidente en Chile, no debe leerse bajo una óptica simplista o reconfortante de “fascismo contra democracia”, como intentó plantear la campaña oficialista. Fue, en esencia, un voto de castigo a la ineficacia de gestión y un grito desesperado en busca de orden.

El electorado chileno no giró a la derecha por una súbita conversión filosófica al conservadurismo, sino por fatiga vital tras años de incertidumbre, procesos constituyentes fallidos y una crisis de seguridad que alteró la vida cotidiana.

La administración de Gabriel Boric, que concluye su mandato en marzo de 2026, colapsó bajo el peso de sus propias promesas incumplidas y una realidad criminal que mutó cualitativamente, desbordando la capacidad de respuesta del Estado. Si bien las estadísticas oficiales intentaban mostrar una estabilización en las tasas de homicidios hacia 2025, la naturaleza del crimen sufrió una transformación que aterrorizó a la clase media y baja.

Inseguridad, el talón de Aquiles del nuevo Chile

La irrupción de organizaciones criminales transnacionales como el Tren de Aragua introdujo en el paisaje urbano chileno prácticas de violencia extrema, como secuestros extorsivos, sicariato y la aparición de cuerpos desmembrados, fenómenos ajenos a la historia criminal reciente del país andino.

Mientras la izquierda gobernante se debatía en discusiones semánticas y sociológicas sobre los orígenes estructurales del delito, Kast ofreció una solución draconiana pero perfectamente inteligible para el ciudadano de a pie: el “Plan Implacable”.

Inspirado explícitamente en el modelo de seguridad implementado por Nayib Bukele en El Salvador, este plan promete la construcción acelerada de 100,000 nuevas plazas penitenciarias, incluyendo cárceles de máxima seguridad para el aislamiento total de líderes criminales, y el mantenimiento de un estado de excepción permanente en la Macrozona Sur y en áreas urbanas críticas.

Para un electorado fatigado, que valoraba la eficacia punitiva por encima de las garantías procesales, la promesa de orden valía más que cualquier reforma social estructural.

A la crisis de seguridad se sumó un estancamiento económico que terminó por erosionar la base de apoyo del progresismo. Chile experimentó lo que los economistas ya denominan un “decenio perdido” en términos de crecimiento per cápita, con un Banco Central ajustando las proyecciones de crecimiento tendencial a un exiguo 1.8% para el periodo 2025-2034.

Con un desempleo estancado en torno al 9% y una inflación que, aunque controlada, había mermado el poder adquisitivo de los salarios reales, la promesa de un “Estado de Bienestar” se volvió insostenible sin una base material robusta que la financiara.

La administración Boric terminó administrando el modelo neoliberal que juró reemplazar, pero sin la eficiencia tecnocrática que caracterizó a los gobiernos de la Concertación, pavimentando así el camino para que la oferta de “orden y crecimiento” de Kast resonara con fuerza en la clase trabajadora.

El presidente electo ha delineado un programa de “emergencia nacional” que busca romper con el gradualismo, proponiendo un recorte de 6,000 millones de dólares en el gasto público durante sus primeros 18 meses para “cortar la grasa del Estado” y una reducción inmediata del impuesto corporativo para reactivar la inversión.

La reacción de los mercados financieros ante esta propuesta fue eufórica: el lunes posterior a la elección, la Bolsa de Santiago se disparó y el peso chileno se apreció, interpretando el triunfo de Kast como el fin de la incertidumbre regulatoria y el cierre definitivo de la inestabilidad constitucional.

El corolario Trump y la ruptura del orden hemisférico

Sin embargo, si el triunfo de Kast reordenó el escenario político del Cono Sur, la intervención militar directa de Estados Unidos en Venezuela, ocurrida apenas iniciaba el año, dinamitó las reglas de convivencia hemisférica y redefinió el papel de la soberanía nacional en la región.

El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca trajo consigo una versión recargada y agresiva de la Doctrina Monroe, bautizada por analistas como el “Corolario Trump”, que establece el derecho unilateral de Washington a intervenir para asegurar el control del hemisferio.

La operación “Absolute Resolve”, ejecutada en la madrugada del 3 de enero de 2026, no fue solo un golpe de mano quirúrgico para capturar a Nicolás Maduro; fue un mensaje de fuerza bruta enviado a toda la región.

El despliegue de más de 150 aeronaves, incluyendo bombarderos B-1B Lancer y el uso de tecnología de guerra electrónica para cegar las defensas aéreas venezolanas, culminó con la extracción del mandatario hacia Nueva York y dejó un saldo de aproximadamente 75 muertos en tierra al cierre de edición.

Trump declaró cínicamente que “administraría” Venezuela temporalmente, rompiendo todos los tabúes de no intervención que habían regido la diplomacia interamericana durante décadas.

Este evento actuó como un catalizador que dividió aguas definitivamente en América Latina, destruyendo la capacidad de consenso de organismos regionales como la CELAC y evidenciando la fractura ideológica del continente.

La reacción ante la intervención delineó con claridad los dos bloques que hoy se disputan la hegemonía regional. Por un lado, se consolidó el “Eje de la Celebración”, liderado por el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, junto con Javier Milei de Argentina y Daniel Noboa de Ecuador.

Lejos de condenar la violación de la soberanía venezolana, Kast calificó la captura de Maduro como “una gran noticia para la región” y ofreció el respaldo político de su futuro gobierno a las acciones de Washington, alineando a Santiago como un satélite activo de la política exterior estadounidense.

Por otro lado, se conformó un bloque de resistencia institucional encabezado por los gobiernos de Brasil, Colombia y México, quienes condenaron enérgicamente la acción.

El presidente Lula da Silva calificó la operación como una “afrenta gravísima” que cruzaba una línea inaceptable, mientras que el gobierno de México citó la Carta de las Naciones Unidas exigiendo el respeto irrestricto a la integridad territorial de los Estados.

No obstante, la realidad diplomática es cruel: la reunión de emergencia de la CELAC convocada para el 5 de enero terminó no de la mejor forma, incapaz de emitir una declaración conjunta debido a la oposición del bloque conservador.

México ante la presión estadounidense

En este escenario de tormenta perfecta, México se encuentra en una posición difícil que pone a prueba el proyecto soberanista de la Cuarta Transformación.

La presidenta Claudia Sheinbaum mantiene una aprobación interna robusta, superior al 75% al inicio de 2026, lo que le otorga un capital político envidiable para maniobrar, pero la presión externa es implacable y proviene de dos frentes simultáneos: el económico y el diplomático.

La administración Trump no ha dudado en utilizar el comercio como un arma de guerra asimétrica para doblegar la voluntad política de sus vecinos.

La imposición de aranceles bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA) a principios de 2025, vinculando explícitamente el flujo comercial al control de la migración y el tráfico de fentanilo, ha provocado daños estructurales en la economía mexicana.

La incertidumbre generada por esta guerra comercial, donde las reglas del juego pueden cambiar con un tuit presidencial desde la Oficina Oval, ha actuado como un freno de mano para el tan anunciado nearshoring.

Las empresas internacionales han paralizado inversiones ante el riesgo arancelario, lo que se tradujo en una contracción del 0.3% del PIB mexicano en el tercer trimestre de 2025 y proyecciones de crecimiento anémico de entre el 0.6% y el 1.0% para el cierre de 2026.

El Cono Sur gira a la derecha: ¿fragmentación latinoamericana?

El panorama hacia el sur no ofrece mayor consuelo. La consolidación del “Cinturón Azul” en el Cono Sur, con Kast en Chile, Milei en Argentina, Peña en Paraguay, Noboa en Ecuador y un gobierno conservador en Uruguay, ha dejado a México y Brasil aislados diplomáticamente.

La relación con Chile, otrora un aliado confiable bajo el mandato de Boric, se anticipa gélida y conflictiva. La retórica de Kast, alineada con la derecha radical global, choca frontalmente con los principios de la política exterior mexicana.

Más grave aún es el deterioro de las relaciones entre los propios países sudamericanos, como lo demuestra el conflicto entre el presidente colombiano Gustavo Petro y el mandatario electo chileno.

Lo que ocurre en Chile demuestra que cuando el Estado falla en sus funciones básicas de proveer seguridad física y certeza económica, el electorado, fatigado y pragmático, buscará orden y autoridad, aunque estos vengan envueltos en un paquete de autoritarismo y recorte de libertades.

La “fatiga constitucional” y social en Chile enseña que los procesos de cambio no pueden ser eternos ni exclusivamente retóricos; la paciencia social es un recurso finito que se agota rápidamente ante la falta de resultados.

México, la trinchera del progresismo latinoamericano

Para el “Humanismo Mexicano”, la lección es clara: aunque el gobierno de la Cuarta Transformación cuenta con la ventaja de haber entregado resultados materiales tangibles en términos de reducción de pobreza y mejoras salariales, el estancamiento económico proyectado para 2025 y 2026 debe poner al gobierno a blindar posibles debilidades en el esquema de gobernanza para no ser arrastrado por la marea.

Si la percepción de inseguridad se combina con una crisis económica inducida desde el exterior, el caldo de cultivo para un viraje autoritario o una reacción conservadora estará servido.

La integración latinoamericana, ese viejo sueño de la Patria Grande, ha entrado en una pausa indefinida, quizás terminal en su formato actual. Con una región fracturada entre una derecha exultante y una izquierda asediada y a la defensiva, México debe priorizar su supervivencia interna y recalibrar sus alianzas estratégicas con una dosis masiva de realismo.

La presidenta Sheinbaum enfrenta el reto colosal de construir un dique de contención lo suficientemente fuerte para que la ola conservadora del sur y la presión imperial del norte no desmantelen el proyecto de transformación en casa.

Chile ha girado el timón hacia un experimento de autoritarismo de mercado, validando la fuerza como método político. México resiste, pero las nubes en el horizonte son oscuras y la responsabilidad como líder estratégico de Latinoamérica es una carga pesada.

En este 2026, la hegemonía está en disputa, y México parece ser la última trinchera de una batalla que el resto del continente ya ha comenzado a perder.

ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 14 DE REVISTA GUINDA 

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