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EL MUNDIAL 2026 COMO ESCENARIO DE PODER

Hak Guinda Por Hak Guinda
octubre 4, 2026
in Impreso
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EL MUNDIAL 2026 COMO ESCENARIO DE PODER

El sorteo exhibió cómo el futbol se cruza con diplomacia, migración, seguridad y ambiciones presidenciales.

El Mundial como escenario de poder 2026

Trump: culto personal, “Premio de la Paz” y mano dura

Para Donald Trump, el sorteo fue usado como un gigantesco set televisivo personal, donde el fútbol sirvió sobre todo de telón de fondo a su campaña permanente de autopromoción. La cereza en el pastel fue el recién creado “FIFA Peace Prize” que Gianni Infantino le entregó al presidente estadounidense, en un gesto ampliamente criticado por activistas y especialistas en gobernanza deportiva, que lo consideraron una concesión política disfrazada de homenaje deportivo.

Críticos de derechos humanos subrayaron la contradicción de coronar a Trump como referente de “paz” en medio de decisiones militares agresivas y de un discurso abiertamente hostil hacia migrantes y refugiados. Organizaciones civiles también señalaron que este tipo de galardones viola el principio básico de neutralidad política que la propia FIFA asegura defender, y denunciaron que la federación se ha vuelto una plataforma de legitimación para líderes autoritarios o populistas.

El sorteo del Mundial 2026 en el Kennedy Center de Washington fue mucho más que el arranque formal del torneo: funcionó como un gran escenario de diplomacia futbolera, cálculo político y autopromoción, con Donald Trump intentando convertir la ceremonia en un culto a su figura, Claudia Sheinbaum usando el evento para proyectar cooperación y desarrollo compartido, y Mark Carney manteniendo un perfil técnico y sobrio.

Al mismo tiempo, el boicot de Irán por el rechazo de visas a su delegación, las operaciones militares de Estados Unidos en el Caribe que elevan la tensión con Venezuela y el endurecimiento contra migrantes chocaron con el discurso oficial de unidad y fiesta global.

Escenografía del sorteo y lo político

El sorteo se celebró en el Kennedy Center, en Washington, con la presencia estelar de Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney, mandatarios de los tres países sede del Mundial 2026. La postal de los tres en el escenario, sacando de una urna las tarjetas de sus propias selecciones —Estados Unidos al grupo D, México al grupo A y Canadá al grupo B— fue tan simbólica como cuidadosamente diseñada: un mensaje de aparente unidad norteamericana en un momento de fricciones comerciales y diplomáticas.

Para la FIFA, encabezada por Gianni Infantino, el sorteo fue una oportunidad perfecta para mostrar estabilidad en la región que albergará el Mundial más grande de la historia, con 48 equipos y una infraestructura compartida sin precedentes. Pero esa imagen de armonía escondía tensiones muy reales: disputas sobre la modernización del acuerdo.

La puesta en escena recordó inevitablemente la lógica que Cantinflas retrata en Su Excelencia, cuando el primer ministro de Pepeslavia ordena al de Relaciones Exteriores: “Dele las (condecoraciones) que crea necesarias, si ese hombre es vanidoso, vamos a apabullarlo con honores”.

En Washington, Infantino actuó como aquel hombre fuerte solícito: trofeo, medalla y discurso laudatorio, como si el protagonista del evento fuera el inquilino de la Casa Blanca y no las 48 selecciones que disputarán el título. El llamado “premio de la paz” terminó siendo, en los hechos, una fiesta de quinceaños para Donald Trump, diseñada para inflar su ego y amarrar la alianza entre la FIFA y el poder político estadounidense.

Sheinbaum: fútbol, cooperación y desarrollo

Frente al tono personalista de Trump, Claudia Sheinbaum aprovechó el sorteo para insistir en una idea distinta: el fútbol como herramienta de cooperación regional, desarrollo compartido y proyección de México como país anfitrión responsable.

Desde días antes había confirmado su asistencia, destacando que México llega a su tercer Mundial como sede con experiencia organizativa y la intención de mostrar su riqueza cultural y turística.

En Washington, la presidenta mexicana buscó colocar tres ejes: México como pilar, no como socio menor, en el proyecto mundialista norteamericano; el Mundial como palanca para detonar infraestructura, turismo y empleo, enlazando ciudades sede con rutas culturales y proyectos ferroviarios como el Tren Maya; y la seguridad para aficionados y turistas como un esfuerzo civil y coordinado, evitando que el torneo sirva de pretexto para mayor militarización.

Mientras Trump convertía el escenario en extensión de su campaña interna, Sheinbaum apostó por un tono institucional, poniendo por delante al torneo y a los aficionados. Ese contraste refuerza la idea de un México que busca capitalizar el Mundial para atraer inversión y turismo, al tiempo que marca distancia de las políticas más agresivas de Washington en migración y seguridad.

Carney: tecnocracia fría en un escenario caliente

El primer ministro canadiense, después de que Estados Unidos negó visas a miembros de la delegación, Mark Carney, optó por una posición intermedia: lejos del histrionismo de Trump, pero sin la carga simbólica que arrastra México como país con tradición mundialista.

Sus intervenciones giraron en torno a la modernización de infraestructura, la oportunidad de proyectar a Canadá como socio en la transición energética y la relevancia del torneo para la economía digital y el turismo.

Carney se mantuvo en un registro prudente, subrayando la importancia de la coordinación logística y la revisión del marco comercial, sin confrontar abiertamente a Trump ni alinearse del todo con las posturas más progresistas de Sheinbaum. Ese equilibrio refleja el papel que Canadá suele asumir: socio confiable, predecible y dispuesto a moderar los extremos de sus vecinos.

El boicot de Irán y la corrección sobre las visas

Mientras las cámaras enfocaban a los líderes norteamericanos, otra historia corría en paralelo: la ausencia anunciada de Irán en el propio sorteo. La federación iraní decidió inicialmente boicotear la ceremonia por el rechazo de visas a miembros de su delegación, incluidos directivos de alto nivel, lo que Teherán consideró una medida claramente política.

Reportes sobre la gestión de visas para la fase final del Mundial señalan que Washington ha dejado abierta la puerta a negar visas a integrantes de delegaciones —incluyendo cuerpos técnicos e incluso jugadores— con antecedentes en ciertas estructuras militares de la República Islámica, en particular en unidades asociadas a la Guardia Revolucionaria, bajo el paraguas de su legislación antiterrorista.

Entre los nombres que han circulado en medios como ejemplo del impacto potencial de estas políticas figura el delantero Mehdi Taremi, citado como caso que ilustra cómo este tipo de criterios puede alcanzar directamente a futbolistas de élite si se cuestiona su pasado.

Canadá apuesta por la tecnocracia y el equilibrio, mientras el boicot iraní revela el peso político de las visas.

Amenazas y riesgo para plantillas completas

Las señales emitidas por Estados Unidos sobre el escrutinio a miembros de delegaciones con pasado militar elevan el riesgo de que el Mundial se convierta en un laberinto burocrático y político. El criterio no se limita a dirigentes: alcanza a fisioterapeutas, auxiliares, preparadores físicos y, en escenarios extremos, a jugadores que hayan cumplido servicio militar obligatorio o que tengan vínculos con cuerpos considerados sensibles por Washington.

En el caso iraní, el problema es especialmente delicado: buena parte de la población masculina ha pasado por algún tipo de servicio militar, lo que abre la puerta a revisiones caso por caso que podrían traducirse en retrasos, vetos de último minuto o presiones diplomáticas.

Si una selección llega a perder a su capitán o a su goleador por una decisión consular, la responsabilidad recaerá tanto en la política exterior estadounidense como en la complacencia de la FIFA ante este tipo de obstáculos.

Operaciones de Estados Unidos en el Caribe y la amenaza a Venezuela

Operaciones militares y redadas migratorias contradicen el discurso de fiesta global que Washington promete al mundo.

Al margen del sorteo, la política exterior de Estados Unidos en el Caribe añade una capa preocupante. Informes sobre despliegues navales y operaciones de gran escala señalan la llegada de destructores, buques anfibios, submarinos y aviones de patrulla marítima a aguas cercanas a Venezuela, en lo que ha sido descrito como una de las mayores operaciones militares estadounidenses en la región en décadas.

Estos movimientos se presentan oficialmente como parte de misiones contra el narcotráfico, pero expertos y fuentes diplomáticas indican que también buscan presionar al gobierno de Nicolás Maduro y proyectar fuerza frente a Rusia, China e Irán.

Que esto ocurra justo en la antesala del Mundial revela una doble cara: por un lado, Washington se presenta como anfitrión amable que abre sus estadios al planeta; por otro, mantiene una postura agresiva hacia gobiernos incómodos del Caribe y Sudamérica, incluida la consideración de objetivos en territorio venezolano y el despliegue de buques de guerra frente a sus costas.

El mensaje para millones de latinoamericanos es ambiguo: se les invita a celebrar el fútbol en territorio estadounidense, pero al mismo tiempo se proyectan buques, aviones y sanciones sobre países de la región.

Migrantes, ICE y el absurdo de un Mundial bajo redadas

La política migratoria de Estados Unidos también genera interrogantes de cara al torneo. Organizaciones de derechos humanos y medios han documentado decenas de miles de arrestos de migrantes por parte de ICE en ciudades que serán sedes de partidos mundialistas, y alertan que el ritmo de las detenciones podría mantenerse o acelerarse durante el torneo.

Preguntado directamente si se descarta el despliegue de operativos de ICE durante el Mundial o incluso contra aficionados extranjeros, el representante de la Casa Blanca para el grupo de trabajo de la FIFA, Andrew Giuliani, se negó a cerrar esa puerta y afirmó que el presidente “no descarta ninguna medida” que, según él, garantice la protección a la población estadounidense.

Ese tipo de despliegue no distingue pasaportes ni acentos: bastan la apariencia, el color de piel o estar en el lugar y la hora equivocada para terminar en una revisión exhaustiva, una detención temporal o, en el peor de los casos, en un centro de retención migratoria.

El riesgo no es menor: turistas que extravíen un documento, estudiantes que viajen con papeles en trámite o aficionados que se desplacen en zonas con operativos podrían verse atrapados en la maquinaria del control migratorio justo en medio de lo que se vende como “la mayor fiesta del fútbol”.

Más aún, la amenaza de revisar teléfonos celulares en puntos de ingreso al país agrega un componente invasivo. Organizaciones de derechos civiles recuerdan que la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) sostiene que puede revisar dispositivos electrónicos de cualquier persona que intente entrar a Estados Unidos, sin necesidad de orden judicial ni sospecha razonable, e incluso retenerlos si no se entrega la clave de acceso.

La imagen que queda es la de un anfitrión que invita al mundo a una fiesta masiva mientras barre sus calles con redadas, registra dispositivos personales y manda el mensaje de que cualquiera puede ser tratado como sospechoso.

FIFA, neutralidad de papel

La crisis con Irán, el endurecimiento de las políticas de visas y el clima de persecución migratoria en Estados Unidos vuelven a colocar a la FIFA en el banquillo. Infantino insiste en que el fútbol debe “unir”, pero la organización tolera que un país sede aplique criterios políticos en el otorgamiento de visas a dirigentes y jugadores, al tiempo que fabrica un premio de “paz” para el líder que impulsa esas mismas políticas agresivas.

La comparación con Su Excelencia no es casual: Infantino actúa como el personaje que decide apabullar con honores a quien sabe vanidoso, con tal de mantenerse en gracia con el poder.

En ese juego, la FIFA sacrifica cualquier apariencia de neutralidad y convierte el Mundial en un escaparate más de las ambiciones personales de Trump, en lugar de defender de manera firme a selecciones, aficionados y trabajadores migrantes.

Trump, Sheinbaum y Carney: tres países, tres maneras de ver el Mundial

El sorteo del Mundial dejó en claro que el fútbol es hoy un espacio donde se cruzan ambiciones presidenciales, proyectos de país y agendas de seguridad.

Trump intenta apropiarse del torneo para reforzar su imagen interna y exhibir músculo militar y migratorio, incluso a costa de exponer a aficionados y selecciones. Sheinbaum busca usar el evento para mostrar a México como anfitrión responsable, apostar por el desarrollo regional y construir una relación con Estados Unidos basada en cooperación, no subordinación. Carney, por su parte, se mueve en un registro más sobrio, intentando que Canadá se confirme como socio fiable y moderado.

Mientras se habla de fiesta global, hay boicots por visas, amenazas sobre jugadores con pasado militar, operaciones en el Caribe para intimidar a Venezuela y la posibilidad absurda de un Mundial atravesado por redadas del ICE y revisiones de celulares en aeropuertos.

El balón rodará en 2026, pero lo hará sobre un terreno donde las decisiones de Washington, la docilidad de la FIFA y la capacidad de líderes como Sheinbaum y Carney para contener excesos definirán si la Copa del Mundo será recordada como una celebración compartida o como un gigantesco espectáculo rodeado de arrogancia, miedo y vigilancia.

ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 14 DE REVISTA GUINDA 

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