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El PAN aprende de Morena

Hak Guinda Por Hak Guinda
octubre 13, 2026
in Impreso
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El PAN aprende de Morena

Durante dos décadas, el PAN construyó buena parte de su identidad política sobre un argumento sencillo: Morena y el PRI compraban votos, fabricaban consensos, operaban con maquinaria, clientelas y encuestas amañadas. El panismo se presentaba como la alternativa civilizada, el partido de la ciudadanía organizada, de la militancia con credencial y formación doctrinaria, de la Sociedad Civil (AC), no de los operadores de sección. Ese relato funcionó mientras fue oposición. Ahora que lleva varios ciclos electorales perdiendo terreno frente al movimiento del expresidente López Obrador ,y frente a la realidad de que Morena tiene presencia poderosa en colonias, zonas rurales y secciones que el PAN jamás pisó—, la dirigencia nacional encabezada por Jorge Romero ha decidido que la hora de aprender del enemigo finalmente llegó.

De partido doctrinario a partido de brigadas

El giro no ocurrió de golpe ni con un manifiesto. Se fue colando en documentos internos, en talleres de formación política, en la jerga de los coordinadores estatales. El vocabulario cambió primero: ya no se habla solo de “militantes” y “comités municipales”, sino de “brigadas permanentes”, “enlaces de sección”, “padrón de simpatizantes georreferenciado”. Los mapas de voto duro, que antes eran herramienta de consultores externos contratados para las campañas, ahora se construyen todo el año. La operación territorial, en lenguaje llano, ya no se guarda para los tres meses de campaña.

El modelo que el PAN decidió estudiar y replicar tiene su propio nombre: los comités de base de Morena, la estructura que entre 2012 y 2018 convirtió a un movimiento político en la maquinaria política nacional que aplasta en las elecciones. Esos comités, vecinos con lista en mano, reuniones quincenales en casas, registro de necesidades por calle, fueron durante años el blanco preferido de las críticas panistas. “Clientelismo moderno”, los llamaban. “Priismo reciclado con discurso de izquierda”. Hoy, la dirigencia blanquiazul visita esas estructuras no para denunciarlas sino para tomar nota.

El contraste entre discurso y práctica es visible si uno pone los documentos públicos junto a los internos. En los comunicados oficiales, el PAN sigue hablando de “ciudadanía, instituciones y Estado de derecho”. En los manuales de operación que circulan entre coordinadores, la instrucción es otra: contacto puerta a puerta, levantamiento de padrón de simpatizantes, identificación de líderes vecinales, brigadas permanentes que no desaparecen al terminar la elección. El partido que acusó a Morena de comprar voluntades ahora entrena a sus cuadros en técnicas de persuasión vecinal que se parecen, por lo menos en la forma, a lo que tanto atacó.

No es que el trabajo territorial sea intrínsecamente deshonesto. Es que el PAN construyó durante años un argumento político basado en rechazarlo. Y ahora que lo adopta, no tiene una explicación convincente del porqué está bien cuando este partido lo trata de aplicar.

Del dedazo al levantamiento de opinión: la encuesta como nuevo filtro

En febrero de 2025, Jorge Romero anunció con cierto dramatismo que el PAN terminaría con el “dedazo” en la selección de candidaturas rumbo a 2027. Las candidaturas, dijo, se decidirán mediante encuestas abiertas. Militantes y no militantes podrán participar. Los sondeos medirán viabilidad electoral, no lealtad interna. El partido se abría a la ciudadanía.

Luisa María Alcalde, secretaria de Gobernación hasta el cambio de gobierno y operadora política de Morena, respondió con ironía desde su cuenta de X: el PAN adoptaba “el método que tanto criticó”. Durante los años en que Morena usó encuestas para definir candidaturas —incluyendo en de la propia presidenta Claudia Sheinbaum—, el panismo denunció el mecanismo como simulación, como una consulta diseñada para validar lo que ya estaba decidido, como un instrumento de control cupular disfrazado de apertura democrática.

Ahora el PAN hace exactamente eso. Y la pregunta que varios militantes se hacen en privado, que pocos lo harán en público, es si el método ha cambiado o solo el partido que lo aplica.

El problema de fondo no está en las encuestas como herramienta. Está en quién controla el proceso. En Morena, las críticas siempre señalaron lo mismo: no importa qué tan “abierta” sea la consulta si quienes definen el universo de encuestados, contratan a las empresas medidoras y “leen” los resultados son los mismos grupos que decidían antes con un telefonazo. Si el padrón de participantes es cerrado, si las preguntas del sondeo están redactadas para favorecer ciertos perfiles, si los resultados se anuncian sin auditoría externa, entonces la encuesta es un trámite, no un proceso.

Dentro del PAN hay quienes lo reconocen sin rodeos. Cierto operador en un estado norteño, pidiendo el anonimato porque su perfil sigue en evaluación para este 2027, lo explicó así: “La encuesta va a servir para sacar a los incómodos con aire de legitimidad. Antes te llamaban y te decían que ya no ibas. Ahora te dicen que la encuesta no te favoreció. El resultado es el mismo, pero ahora tienes un número que lo justifica.”

El “dedazo estadístico”, como lo llaman los veteranos cínicamente, no elimina la discrecionalidad. La cubre en el PAN.

Panificar a Grecia Quiroz o darle de sombrerazos al PAN

En Michoacán, el movimiento protagonizado por Grecia Quiroz, viuda de Manzo, se volvió en los últimos meses uno de los fenómenos políticos más citados fuera de la Ciudad de México. El “Movimiento del Sombrero”, llamado así por el accesorio que Quiroz usa como marca personal y legado del valiente Carlos Manzo, demostró músculo territorial propio en un estado donde el PAN lleva años sin candidatos fuertes y donde la izquierda gobierna desde hace mucho tiempo.

Lo que siguió fue tan predecible que aburre: el PAN comenzó a lanzar guiños públicos a Quiroz. Reconocimientos a su liderazgo, llamados a construir “alianzas ciudadanas”, declaraciones de figuras del partido que subrayaban cuánto tenían en común, etcétera. La dirigencia nacional ve en el Movimiento del Sombrero lo que le falta: presencia real entre ciudadanos que no se identifican con los partidos, una figura que no carga el desgaste institucional, sino que energiza a los que están fuera de los círculos habituales.

Quiroz respondió de manera consistente: el movimiento no negocia con partidos tradicionales, no tiene acuerdos con el PAN, va solo. Pero “ir solo” en política mexicana tiene una vida útil. Los movimientos ciudadanos sin estructura partidaria enfrentan tarde o temprano la misma disyuntiva: se institucionalizan, se alían, o se diluyen.

La disputa de fondo no es si Quiroz se suma al PAN. Es quién asimila a quién. El PAN quiere una candidata ciudadana que oxigene sus siglas y le dé acceso a una base social que no tiene. El Movimiento del Sombrero necesita, si aspira a más que Michoacán, estructura, financiamiento y presencia nacional que solo los partidos le pueden dar. Si el acuerdo llega, la pregunta es si Quiroz entra al PAN o si el PAN se “sombreriza”. En ese tipo de fusiones, casi siempre gana el que tiene el dinero. Porque como reza la regla de oro: Quien tiene el oro, hace las reglas.

La crisis de identidad: ¿adaptación o deriva?

La tensión más profunda dentro del PAN no está entre la dirigencia y la oposición externa. Está entre dos visiones de lo que el partido debería ser.

Por un lado, los cuadros históricos, militantes de veinticinco a treinta años de vida partidaria, formados en la doctrina de la democracia cristiana, acostumbrados a los procesos de elección interna con voto secreto— miran con incomodidad cómo el partido cede espacio a figuras externas apalancadas por encuestas y popularidad mediática. Personas sin historia en el partido, sin formación doctrinaria, sin años de trabajo interno, de pronto son presentadas como candidatos viables porque “salieron bien” en un sondeo.

Por otro lado, la nueva dirigencia argumenta que partido que no cambia, muere. Que la militancia organizada es insuficiente si no se conecta con ciudadanos que nunca van a sacar la credencial del partido pero que sí pueden votar. Que el trabajo territorial, las encuestas y el coqueteo con movimientos locales no son traiciones a la identidad panista y no pondrán a girar los cuerpos de Manuel Gómez Morín y Toribio Esquivel Obregón en sus tumbas; actualizaciones necesarias en un país donde el Movimiento Regeneración Nacional redefinió las reglas del juego.

Ambas visiones tienen algo de razón y las dos pueden destruir al partido si se llevan al extremo. El PAN que se aferra a sus rituales internos sin conectar con el mundo real no es demasiado diferente a un club literario; si el PAN adoptara todas las herramientas de MORENA sin conservar nada propio, se volvería una copia barata del original, y las copias baratas no ganan elecciones.

El riesgo concreto es este: si el PAN llega a 2027 con trabajo territorial importado de Morena, encuestas que replican los vicios que MORENA ha reconocido tener en su interior, candidatos ciudadanos que no respeten a la militancia y alianzas con movimientos locales que no comulgan con su doctrina, ¿qué argumento le queda para pedirle al votante que lo prefiera por sobre el original? La respuesta a estas preguntas no han sido definidas por la dirigencia nacional, ni siquiera se sabe si les interesa.

Cierto militante con treinta años en el partido lo dijo sin adornos en una reunión interna que fue grabada y circuló entre algunos cuadros: “Nos están convirtiendo en la mala copia del partido que siempre dijimos que éramos mejores. Y lo peor es que lo estamos aplaudiendo porque nos dijeron que así se gana.”

Puede o no que tenga razón, por ahora esta es una última pregunta sin respuesta. Las elecciones de 2027 las va a responder todas, vaya que sí.

ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 18 DE REVISTA GUINDA 

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