¿Estamos preparados para el fin de esta era? ¿Podremos transitar hacia otro modelo antes de que el colapso sea irreversible? Las señales están sobre la mesa: cambio climático, agotamiento de recursos, tensiones geopolíticas, crisis sociales y desigualdad creciente…
AMOS OLVERA PALOMINO
*Analista [email protected]
@PalominoAmos
Hoy abundan películas y series distópicas como ‘La Carretera’, ‘The Last of Us’, ‘Silo’ o ‘Black Mirror’, centradas en catástrofes ecológicas, pandemias, guerras nucleares o colapsos sociales. Estas obras exploran futuros donde el planeta se vuelve tóxico y la humanidad enfrenta su extinción. Pero, ¿realmente estamos a las puertas de un planeta inhabitable o de un colapso total?
La respuesta, al menos desde una perspectiva realista, es que el mayor peligro no es la extinción absoluta –salvo una hecatombe nuclear–, sino el colapso progresivo de nuestra civilización. A lo largo de la historia han colapsado imperios como el Romano o civilizaciones como la teotihuacana y la maya. Todas desaparecieron al alcanzar límites insostenibles en sus estructuras económicas, sociales y energéticas.
El investigador Peter Turchin analizó estos patrones históricos en su libro ‘Ciclos Seculares’, donde describe ciclos de expansión y crisis que duran entre 200 y 300 años. La era de los combustibles fósiles, iniciada hace más de dos siglos, parece acercarse a su fin, colocándonos en una encrucijada histórica.
Un antecedente clave es el estudio ‘Los límites del crecimiento’ (1972), elaborado por el Club de Roma y el MIT. Este modelo proyectaba que, si la civilización seguía explotando recursos al ritmo entonces vigente, enfrentaría un colapso social hacia mediados del siglo XXI. Aunque sus detalles pueden debatirse, su panorama general sigue vigente: vivimos los efectos acumulados de un crecimiento basado en el consumo de recursos finitos.
Estudios recientes refuerzan esta visión, señalando que la próxima década podría marcar el inicio del declive terminal del crecimiento económico y, en el peor escenario, un colapso social hacia 2040. El problema no es solo económico o político; es físico. Los gobiernos pueden imprimir dinero, pero no petróleo, agua o minerales esenciales para sostener la vida moderna. Durante años se ha intentado esquivar la escasez con deuda y expansión monetaria, pero eso solo pospone el enfrentamiento con los límites reales.
James Howard Kunstler, en ‘La larga emergencia’, plantea un mundo postindustrial en el que el agotamiento de combustibles fósiles deriva en una crisis social profunda. Describe una transición forzosa hacia una economía local y sostenible, para la cual –según él– no estamos preparados. La adaptación, dice, podría ser larga y dolorosa.
El papel de los combustibles fósiles fue crucial en la expansión económica global. Desde la crisis del petróleo de 1973, se evidenció la urgencia de moderar su uso, impulsando la eficiencia energética y alternativas como la energía nuclear. En los ochenta, la globalización y el endeudamiento masivo reforzaron la competitividad mundial, facilitando la producción de bienes complejos. Pero ese comercio se estancó tras la crisis de 2008 y hoy enfrenta nuevos retos con los aranceles y la geopolítica.
Las caídas económicas suelen desembocar en gobiernos frágiles, déficit fiscal, estallidos sociales o derrotas militares frente a naciones con más recursos. En 1957, Hyman Rickover, contralmirante estadounidense, advirtió que las reservas fósiles no durarían más allá de mediados del siglo XXI si continuaba el ritmo de consumo y crecimiento poblacional. Actualizaciones del modelo del Club de Roma en 2023 indican que la producción industrial ya está cayendo, en paralelo con la desaceleración del comercio global.
Claro, pueden surgir nuevas economías regionales que gestionen mejor la energía restante o descubran recursos innovadores. La historia muestra que de cada colapso emergen nuevas formas de organización social, estructuras económicas y, con el tiempo, nuevas civilizaciones.
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿estamos preparados para el fin de esta era? ¿Podremos transitar hacia otro modelo antes de que el colapso sea irreversible? Las señales están sobre la mesa: cambio climático, agotamiento de recursos, tensiones geopolíticas, crisis sociales y desigualdad creciente. No es solo una crisis más; es un punto de inflexión histórico.
Así como la Edad Media surgió tras la caída de Roma, lo que venga después del colapso actual podría ser el inicio de una nueva civilización, con valores y tecnologías distintas. Pero para que ese renacimiento ocurra, debemos reconocer los límites del crecimiento y asumir que nuestra forma de vida no es sostenible.
La gran pregunta es: ¿tenemos la voluntad y la lucidez para rediseñar la civilización antes de que colapse? ¿O solo nos quedará ser espectadores pasivos de nuestra propia ruina?

