La geopolítica de Francisco fue ética, humanista y anticolonial. Apostó por una diplomacia centrada en los pueblos y periferias, no en élites. Más que imponer valores, buscó escuchar a los márgenes y construir un mundo más justo y fraterno
Martín Berdeja Rivas
El papa Francisco, primer pontífice sudamericano, jesuita y no europeo desde el siglo VIII, marcó un hito en la historia del Vaticano al asumir su pontificado en marzo de 2013. A pesar de su avanzada edad al ser elegido, fue visto como una figura capaz de renovar la Iglesia y ampliar su alcance en un mundo globalmente cambiante.
Durante su papado, Francisco redirigió la diplomacia vaticana hacia el sur global y Asia, priorizando regiones históricamente marginadas por la Santa Sede. Se acercó a China mediante un acuerdo de nombramiento de obispos y fortaleció vínculos con el mundo islámico, visitando Abu Dabi e Irak, donde se reunió con líderes religiosos clave. Su apertura interreligiosa también se expresó en la firma del ‘Documento sobre la fraternidad humana’ en 2019.
En África, viajó cinco veces, abordando temas como la desigualdad y el colonialismo. Aunque sus posturas inclusivas hacia personas LGBT y divorciadas generaron tensiones con sectores conservadores, especialmente del clero africano, su legado impulsó una mayor representación africana entre los cardenales electores. En Asia, visitó numerosos países y logró avances diplomáticos con gobiernos complejos, como el chino.
En América, su diplomacia fue clave en el restablecimiento de relaciones entre EE.UU. y Cuba en 2014, además de intervenir simbólicamente en los procesos de paz en Colombia y la crisis en Venezuela. Su postura crítica hacia Donald Trump lo posicionó como una figura moral opuesta al populismo conservador.
Francisco también enfrentó grandes desafíos globales como la pandemia de Covid-19 y conflictos armados en Ucrania, Siria, Gaza y África. Su enfoque fue siempre el de un pastor que priorizaba el diálogo y la paz, más allá de alineamientos geopolíticos tradicionales.
En síntesis, la geopolítica de Francisco fue ética, humanista y anticolonial. Apostó por una diplomacia centrada en los pueblos y las periferias, no en las élites. Más que imponer valores, buscó escuchar a los márgenes y construir un mundo más justo y fraterno a través del diálogo interreligioso y la inclusión social. Su pontificado reconfiguró la influencia global de la Iglesia Católica, no solo desde el dogma, sino también desde la acción política y espiritual.

