Por Edgar Fernando Cruz
La comunicación gubernamental no es un accesorio de la gestión pública; es, en esencia, su alma y corazón. A través de ella se bombean las acciones, planes, estrategias y normas que dan forma a la vida ciudadana. Es el hilo invisible —pero sensible— que conecta a los administradores del poder con la población, sin distinguir si estos tienen edad de votar o no. Sin embargo, en la era de la sobreinformación, este hilo se ha vuelto peligrosamente delgado.
La legitimidad de un gobierno moderno depende de dos pilares: actividad y transparencia. No basta con hacer; hay que parecer que se hace y, sobre todo, explicar cómo se hace. No obstante, la historia universal nos advierte que la información es el primer botín de guerra. Desde la propaganda del siglo XX hasta los algoritmos del XXI, la manipulación y la coerción informativa han sido las herramientas predilectas para moldear la percepción pública.
¿Para qué informar? El dilema de la intención
Cuando analizamos las estrategias de quienes diseñan la comunicación oficial, surge una pregunta incómoda: ¿Cuál es la verdadera utilidad de mantener a una sociedad informada?
La respuesta, aunque cínica, es fundamentalmente política. La comunicación suele obedecer a tres impulsos:
- Permanencia: Asegurar la continuidad en el poder.
- Docilidad: Generar un alineamiento social que evite la fricción.
- Control de narrativa: Evitar, a toda costa, el crecimiento de una participación ciudadana que cuestione o exija una rendición de cuentas real.
Pocas veces el objetivo es el empoderamiento del ciudadano; casi siempre es la construcción de una audiencia cautiva. En este juego, los medios de comunicación han operado históricamente como mecanismos de acomodo, adaptando su línea editorial según la disposición política y el flujo de recursos del momento.
La Post-verdad en el Púlpito: El caso de “La Mañanera”
En tiempos recientes, hemos sido testigos de una mutación en la comunicación oficial en México. El espacio de “La Mañanera” se ha erigido como el epicentro de la agenda nacional, pero también como un laboratorio de verdades alternativas.
La cercanía que presume este formato choca frontalmente con la realidad cuando se analizan los datos. Se han documentado imprecisiones sistemáticas que, lejos de ser errores, parecen formar parte de una estrategia de distracción. Por citar ejemplos clave, hemos visto tres tipos de “mentiras” o distorsiones
Por ejemplo, el baño de sol en Palacio al Crudo o el caso del Golfo, en ambos casos el aparato de comunicación arrojó a la presidenta al abismo de lo irreal sustentado en su autoridad.
Recientemente, fuimos testigos de un ejercicio de desinformación coordinada que involucró a los tres niveles de mando: la Gobernadora, el Director de PEMEX y la Presidenta. Lo que comenzó como una estampa de “normalidad” en los pasillos de Palacio Nacional, terminó por desmoronarse bajo el peso de las imágenes satelitales y la evidencia científica.
La gravedad del derrame de crudo fue minimizada sistemáticamente desde la tribuna pública. El Director de PEMEX, en un ejercicio de “lealtad ciega” por encima de la responsabilidad técnica, intentó reducir el impacto visual y finalmente tuvo que dar información de frente reconociendo la mentora y culpando del engaño a subordinados, enredado en otra mentira.
¿Por qué mentir sobre algo que el satélite puede ver? La estrategia no busca engañar al experto, sino confundir a la masa. Al lanzar una versión oficial contradictoria, se genera un ruido informativo donde el ciudadano promedio deja de buscar la verdad para elegir la versión que mejor se acomode a su afinidad política.
Sin embargo, esta vez la realidad fue más persistente que la propaganda. El desmantelamiento de la mentira no provino de la oposición política, sino de la evidencia técnica y la presión internacional. Cuando la mancha de crudo alcanzó dimensiones imposibles de ocultar, el discurso de la “normalidad” y las “piernas al sol” quedó como un monumento a la indolencia.
Nota Crítica: La comunicación gubernamental que busca la docilidad suele olvidar que la naturaleza no responde a decretos ni a conferencias de prensa. Un derrame no se detiene con un boletín, se detiene con ingeniería y honestidad.
Mientras el ecosistema del Golfo de México sufría uno de los embates más severos por derrames de crudo, la narrativa oficial se centró en la distracción.
La imagen de la funcionaria y sus colaboradores en una actitud de aparente ocio o “baño de sol” en Palacio no fue solo un descuido fotográfico, sino una insolencia tanto de quien se asoleo como de quien la negó airadamente dejando una evidencia de comunicación manipulada al viejo estilo
Estos episodio pasará a la historia como el momento en que la comunicación de Estado prefirió el camino de información que mitigara el golpe al sector turístico y de pesca
Una vez pasada la temporada vacacional optaron por el camino de la vergüenza de haber mentido
Es verdad que el gobierno de Claudia Sheinbaum comunica todos los días y de cara y rinde cuentas, pero en este par de casos, ¿por qué? Si sabemos que un gobierno que comunica para adoctrinar busca súbditos; un gobierno que comunica para informar busca ciudadanos. Si la comunicación gubernamental es el hilo conductor de la sociedad, no debemos permitir que se convierta en una soga que asfixie la verdad. La transparencia no es dar conferencias diarias; es permitir que los hechos hablen más fuerte que las palabras y que la vida pública sea más pública.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 18 DE REVISTA GUINDA

