por Amos Olvera Palomino
Tianjin mostró la formación progresiva de un nuevo equilibrio global. Los proyectos de China, Rusia e India reordenan la influencia mundial, dejando a Occidente frente a desafíos estratégicos, económicos y culturales inéditos.
La reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Tianjin reunió a líderes que representan a más de la mitad de la humanidad y puso en evidencia un cambio de época: la gestación de un orden multipolar. China, Rusia, India y los estados de Asia Central impulsan proyectos financieros, energéticos y de infraestructura que reconfiguran el mapa del poder global, mientras Occidente corre el riesgo de quedar al margen de las decisiones estratégicas del siglo XXI. Durante décadas, el mundo se interpretó bajo un esquema unipolar dominado por Estados Unidos. Estrategas como Zbigniew Brzezinski diseñaron políticas para fragmentar a Rusia y controlar Eurasia, evitando cualquier alianza sólida entre Moscú y Pekín. Sin embargo, esas estrategias fracasaron. La historia reciente demuestra que el poder internacional se desplaza hacia la multipolaridad, concepto desarrollado en la famosa doctrina Primakov, que propuso un triángulo estratégico entre Rusia, China e India como vía para evitar el aislamiento de Moscú y su subordinación al bloque atlántico.
La OCS se perfila hoy como un actor central de este cambio. En Tianjin quedó claro que este bloque tiene capacidad para impulsar corredores energéticos, proyectos de conectividad digital y sistemas financieros propios, lo que confirma que el poder ya no reside exclusivamente en Occidente. China y Rusia han liderado la creación de instituciones paralelas al orden occidental, como un banco de desarrollo y corredores comerciales que integran a Asia Central. Entre las iniciativas más significativas destaca el electroyuan, moneda digital concebida para transacciones energéticas que desafía la primacía del dólar y limita la eficacia de las sanciones económicas estadounidenses.
India, por su parte, juega una carta estratégica singular. Participa activamente en la OCS, pero también mantiene cooperación con Estados Unidos dentro del Quad. Washington ha intentado atraerla a su órbita mediante presiones comerciales para alejarla del eje RIC (Rusia, India y China). Sin embargo, esa estrategia tuvo un efecto contrario: empujó a Nueva Delhi a reforzar la cooperación con Moscú y, de manera significativa, a distender su relación con Pekín, históricamente marcada por tensiones fronterizas y rivalidad estratégica. La cumbre de Tianjin puso en evidencia este giro, al mostrar a India participando con mayor disposición en un marco trilateral que en otro momento habría parecido improbable. En este contexto, Nueva Delhi se proyecta como una potencia en ascenso, con ambición de situarse al mismo nivel que Estados Unidos, China y Rusia.
La cumbre de Tianjin también reflejó el desgaste de la estrategia atlántica. La prolongación del conflicto en Ucrania evidencia que la capacidad de la OTAN para imponer condiciones se ha reducido. Lo que en el pasado podía negociarse desde una posición dominante, ahora se ve condicionado por la influencia creciente de Rusia y sus socios. La multipolaridad ya no es un concepto abstracto: empieza a tomar forma en obras de infraestructura, gasoductos, proyectos tecnológicos y mecanismos financieros que reordenan el tablero internacional. A ello se suman las debilidades internas de Occidente. La crisis de 2008 reveló los límites de un modelo excesivamente dependiente del sistema financiero. En lugar de reequilibrar sus economías fortaleciendo sectores productivos, se optó por la expansión monetaria y el endeudamiento público. El resultado ha sido un aumento de déficits fiscales, estancamiento industrial y dependencia del consumo. Mientras tanto, potencias como China diversificaron sus economías, invirtieron en ciencia, infraestructura y tecnología, proyectando un desarrollo estructural a largo plazo. A este rezago económico se añade la pérdida de cohesión cultural e intelectual: Occidente, que durante siglos marcó referentes universales, hoy aparece fragmentado y sin un horizonte capaz de inspirar al resto del mundo.
Este nuevo contexto cuestiona los supuestos de la estrategia unipolar. En lugar de debilitar a Rusia, las políticas de Estados Unidos consolidaron su alianza con China y estimularon la cooperación india dentro del triángulo euroasiático concebido por Primakov. La cumbre de Tianjin simboliza así un cambio de paradigma: la multipolaridad está en formación, con dinámicas que ya no dependen de Occidente. La OCS, mediante su combinación de proyectos económicos, energéticos, digitales y financieros, configura un sistema alternativo de gobernanza regional y global. Frente a ello, los actores occidentales deberán adaptarse: la influencia ya no puede imponerse unilateralmente, sino que exige negociación y capacidad de compartir poder.
En suma, la cumbre de Tianjin reafirma la relevancia de la OCS y marca la gestación de un orden multipolar en Eurasia. Rusia, China e India, integrados en un marco estratégico, avanzan hacia un mundo más equilibrado, interdependiente y competitivo. La multipolaridad ya no es una aspiración lejana, sino una realidad en formación llamada a definir las jerarquías de poder del siglo XXI.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 11 DE REVISTA GUINDA

