por RODRIGO DE LEÓN
México vive una transformación silenciosa: las Fuerzas Armadas ya no son actores periféricos de la seguridad, sino protagonistas del orden público, la administración civil y la protección estratégica del país.
En muchos sentidos, el Ejército y la Marina se han convertido en el andamiaje operativo del Estado en zonas donde antes sólo había vacío institucional. Esta realidad no es nueva, pero hoy es más visible.
Desde la seguridad pública hasta la construcción de infraestructura, pasando por tareas logísticas, aduanales y de salud, los militares participan en funciones esenciales para el desarrollo del país. Y lo hacen con disciplina, eficacia y presencia territorial.
¿Debe preocuparnos? Solo si se ignora el contexto. La participación militar ha sido una respuesta operativa a una emergencia estructural: la debilidad crónica de cuerpos civiles, la corrupción municipal, la fragmentación institucional.
Ante ese escenario, el Estado mexicano optó por lo que tenía más cohesión, orden y capacidad de despliegue: sus Fuerzas Armadas.
Pero este modelo, si bien es necesario, no puede ser indefinido. El propio gobierno ha reconocido que la militarización debe tener límites temporales y objetivos claros.
La construcción de paz requiere fortalecer capacidades civiles, invertir en policías locales, profesionalizar fiscalías y reconstruir el tejido social. Lo militar no sustituye al Estado: lo respalda mientras se recompone.
La gran pregunta no es si los militares deben estar, sino cómo, para qué y hasta cuándo. El reto es normar su participación con criterios democráticos, transparencia presupuestaria y una visión estratégica que evite la dependencia.
El riesgo no está en los uniformes, sino en la falta de ruta institucional para devolver ciertas tareas a instancias civiles fortalecidas.
Hay señales positivas: la coordinación interinstitucional ha mejorado, los mandos militares trabajan bajo liderazgo civil, y se ha evitado —hasta ahora— la tentación autoritaria.
La confianza ciudadana en las Fuerzas Armadas es alta, pero no debe volverse excusa para el inmovilismo administrativo.
México necesita un modelo de seguridad nacional que integre a los militares, sin convertirlos en el único recurso. Porque lo urgente se atiende con lo disponible, pero lo importante se construye con visión.
Y la seguridad del país no puede descansar, para siempre, sobre los hombros de quienes también merecen volver al cuartel.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 12 DE REVISTA GUINDA

