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Periodismo cómplice

Rubén Muñoz Por Rubén Muñoz
octubre 6, 2026
in Impreso
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Periodismo cómplice

Hace poco más de veinte años, en una conversación que se quedó grabada a fuego en mi memoria, Ikram Antaki me soltó una frase seca y directa: no le gustaba el rumbo que estaban tomando los medios de comunicación. En aquel entonces, siendo yo un apasionado creador de medios, sus palabras me calaron hondo; me sentí vulnerable, cuestionado en mi propio terreno y, para ser sincero, me enojé. Hoy, después de casi tres décadas de distancia y madurez de por medio, tengo que mirar al pasado y reconocer que ella tenía toda la razón.

Es verdad que señalar a “los medios” de forma genérica puede resultar injusto, pues cada propuesta y cada espacio merecerían una evaluación independiente. Sin embargo, cuando se regresa a la mirada general, el diagnóstico es innegable: la ética, la moral y, yendo aún más al fondo, el oficio y las reglas elementales del periodismo están rotas.

Por años, el poder del gobierno, el peso del dinero y los intereses de las grandes empresas han sido los verdaderos directores de la opinión, dictando lo que se imprime en las páginas y lo que se dice al aire. Todo periodista que pise una redacción lo sabe perfectamente y sabe que no miento: el gremio ha vivido supeditado a tres grandes amos: la dirección vertical del medio, el dinero condicionado de la pauta publicitaria o la trinchera ciega de la ideología.

¿Cómo se explica, si no es a través de esta complicidad, los sueldos que rondan el millón de pesos para ciertos personajes? El propio sistema mediático los infló hasta convertirlos en ese artefacto artificial que llamamos “líderes de opinión”.

La verdad desnuda es que a estos tótems del micrófono los encumbró el propio círculo cerrado de gobernantes y esa minoría que consume prensa política. En el fondo, en la población en general, en el ciudadano  que sale a ganar el pan todos los días, esos supuestos gigantes de la información no influyen en lo más mínimo. Su eco pertenece a una burbuja.

El verdadero problema contemporáneo es que el periodismo ha rebasado sus propios límites históricos. Dejó de informar para erigirse en juez, utilizando el escudo de la libertad de prensa como argumento para dictar sentencias morales y políticas. Si el periodismo ya no es el acuse fiel de los hechos y la exposición de las verdades minuciosamente investigadas, ¿entonces qué nos queda? Lo que tenemos hoy en las pantallas son suposiciones, conjeturas y editoriales disfrazados de notas informativas; es decir, opiniones individuales vendidas con el descaro de ser la realidad única y absoluta.

Ha llegado el tiempo inaplazable de revisar al periodismo y auditar, de cara a la sociedad, sus lazos con la variedad de poderes que azotan a este país: el poder del gobierno, el poder de la gran empresa y, de manera más oscura, el de la delincuencia organizada. Las entrañas más bajas de este oficio lucen su peor rostro cuando se instrumentalizan para lucrar con las injusticias de la ley y sus recovecos, sirviendo de pantalla para intereses mezquinos.

Hoy estamos presenciando un espectáculo inédito: hemos visto ya a periodistas contra las cuerdas, exhibidos en su propia contradicción. Lo que sale a la luz no es el cuarto poder vigilante, sino la caricatura de un servicio mercenario que un puñado de comunicadores al servicio de determinados grupos de poder. Su tarea no era informar, sino construir narrativas de humo para una sociedad a la que creían ingenua; una sociedad que, según sus cálculos, no sabría leer los hechos ni descubrir lo que realmente se esconde bajo los telones de los medios corruptos y corrompidos por el dinero de la política.

 El velo se ha corrido, y el juicio de la historia empieza a pasar la factura.

 

Tags: Édgar Fernando CruzIkram AntakiOpiniónperiodismoREVISTA GUINDA

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