Un nombre bien elegido: Kukulkán, la serpiente emplumada de los mayas, deidad asociada con el viento, el agua, la creación y la sabiduría. Venerado principalmente en la península de Yucatán, representaba la unión de lo terrenal (serpiente) y lo celestial (plumas de quetzal), gobernando la fertilidad agrícola, la vida y el conocimiento, a menudo relacionado con el culto de Quetzalcóatl de otras culturas mesoamericanas que incluye a los mismos mexicas, que baja del cielo en forma de sombra sobre las escalinatas de Chichén Itzá dos veces al año…
La secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana tomó ese símbolo para bautizar el operativo más ambicioso que México ha montado para un evento deportivo. La Copa Mundial de la FIFA 2026 llega con 48 selecciones, tres países anfitriones, 16 sedes y alrededor de cinco millones de turistas esperados en territorio mexicano. Kukulkán es la respuesta del Estado a esa presión.
El plan contempla cerca de 99,000 elementos de seguridad distribuidos entre Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, las tres sedes mexicanas. Hay militares, guardias nacionales, policías federales, estatales y municipales, además de unidades especializadas en detección de explosivos, control de multitudes y francotiradores. Hay drones, aeronaves de vigilancia, sistemas antidrones, reconocimiento facial, inteligencia artificial y monitoreo de la dark web. En papel, es el dispositivo de seguridad más sofisticado que el país ha preparado para un espectáculo público.
Lo que el papel no resuelve es la pregunta que acompaña cada anuncio oficial: ¿puede México blindar un torneo de esa escala cuando fuera de los estadios convive con grupos criminales que controlan territorios, extorsionan economías locales y han demostrado, en varias ocasiones, que el Estado no siempre llega primero?
El mapa del operativo: qué hay detrás del número
La cifra de 99,000 elementos va más allá de las relaciones públicas. Desglosada, revela la escala de la operación. Aproximadamente 20,000 de esos efectivos provienen del Ejército, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional. Los otros 55,000 corresponden a policías de los tres niveles de gobierno. El resto lo completan unidades especiales, equipos de inteligencia y personal de seguridad privada certificada.
La logística responde a esa dimensión: más de 2,100 vehículos militares, 378 unidades para escoltas, 24 aeronaves de vigilancia y 33 drones de monitoreo. Los operativos cubrirán estadios, aeropuertos, hoteles de concentración, zonas de aficionados y las rutas de transporte entre sedes. En las tres ciudades, el plan divide los perímetros en anillos concéntricos con controles diferenciados según el nivel de riesgo y la proximidad a los recintos oficiales.
Para el Estadio Azteca, el Akron en Guadalajara y el BBVA en Monterrey, las autoridades proyectan dispositivos similares a los que se usaron en los Juegos Olímpicos de París 2024: perímetros de seguridad que comienzan a varios kilómetros antes de las instalaciones, puntos de revisión escalonados y comandos de respuesta rápida dentro y fuera de los recintos. La diferencia es que en París los anillos de seguridad rodean una ciudad relativamente compacta con una sola sede central. En México, los operativos deben coordinarse en tres metrópolis distintas, con geografías urbanas bastante diferentes y con cuerpos policiales que no comparten historia institucional.
La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, encabezada por Omar García Harfuch, es la cabeza visible del plan. Pero la coordinación real implica al menos ocho dependencias federales, las secretarías de seguridad de los tres estados anfitriones y los ayuntamientos de las ciudades sede.
La serpiente tecnológica: IA, rostros y datos
El componente que más distingue a Kukulkán de operativos anteriores no es el número de policías sino la arquitectura tecnológica que los respalda. Por primera vez en un evento masivo en México, el Estado desplegará reconocimiento facial en estadios y zonas de alto tránsito, sistemas de análisis predictivo basados en inteligencia artificial y vigilancia activa de la dark web para detectar amenazas antes de que se materialicen.
El reconocimiento facial trabaja con bases de datos de personas con órdenes de aprehensión vigentes, registros de deportados con antecedentes, listas de seguimiento internacionales y los directorios que la FIFA comparte con sus países anfitriones. Las cámaras instaladas en los accesos a los estadios y en las zonas de aficionados —los llamados fan fests— procesan los rostros en tiempo real y generan alertas cuando hay coincidencias. El sistema no detiene a nadie automáticamente; entrega una alerta a un operador humano que decide si activa un protocolo de revisión.
La inteligencia artificial operará en una capa distinta. Analiza patrones de comportamiento en multitudes, detecta movimientos anómalos en cámaras de vigilancia y cruza datos de distintas fuentes —reportes policiales, llamadas al 911, actividad en redes sociales— para identificar zonas de tensión antes de que escalen. Es una herramienta de seguridad predictiva que ya usa la Policía Metropolitana de Londres, el Departamento de Policía de Nueva York y los servicios de seguridad que protegieron al Mundial de Qatar 2022.
Los sistemas antidrones son otro renglón que las autoridades presentan como novedad. Desde los Juegos Olímpicos de Río 2016, los drones no autorizados sobre estadios pasaron de curiosidad a amenaza real. En 2022, durante la Copa del Mundo en Qatar, los servicios de seguridad detectaron y neutralizaron decenas de aeronaves no identificadas en el perímetro de los recintos. El Plan Kukulkán incorpora inhibidores de señal, radares de baja altitud y protocolos de intercepción coordinados con la Secretaría de Marina y la Fuerza Aérea.
El monitoreo de la dark web es quizás el componente más silencioso. Equipos especializados de la Agencia de Investigación Criminal rastrean foros, mercados ilegales y canales cifrados en busca de conversaciones sobre el evento: ventas de credenciales falsas, planes de infiltración, tráfico de información sobre rutas de delegaciones. El trabajo es permanente desde meses antes del torneo y se intensifica conforme se acerca la primera fecha.
La geopolítica del blindaje: lo que piden Washington y Ottawa
El Mundial 2026 es el primero en la historia del fútbol que tres países organizan de manera simultánea. Estados Unidos aloja 11 sedes; Canadá, dos; México, tres. Eso no es una mera curiosidad: es una coordinación trinacional de seguridad que no tiene precedente en la historia de la FIFA.
La Casa Blanca y la Casa de Gobierno de Ottawa entraron al acuerdo con sus propias condiciones. Estados Unidos, en particular, estableció desde el inicio que la coordinación de seguridad entre los tres países debería incluir intercambio de inteligencia en tiempo real, acceso de sus agencias a los sistemas de monitoreo mexicanos durante el torneo y protocolos conjuntos de respuesta ante incidentes que involucren ciudadanos estadounidenses o canadienses.
El FBI, el Departamento de Seguridad Nacional y la Agencia de Seguridad Nacional tienen representantes en los grupos de trabajo que el Plan Kukulkán creó para la coordinación internacional. El RCMP de Canadá participa en canales más acotados pero con presencia permanente. La CIA no aparece en los organigramas oficiales, pero fuentes con acceso a los grupos de trabajo confirman su participación en el intercambio de inteligencia sobre amenazas terroristas.
La FIFA suma su propia capa de exigencias. La federación tiene un manual de seguridad para países anfitriones que incluye estándares sobre distancias mínimas de seguridad en estadios, protocolos de evacuación, sistemas de comunicación de emergencia y formación de los cuerpos de seguridad privada que trabajan en los recintos.
El incumplimiento de esos estándares no tiene solo consecuencias operativas: puede derivar en sanciones o en la reasignación de partidos a otras sedes, algo que México vivió en carne propia cuando el Estadio Azteca perdió la localía de varios partidos clasificatorios por mal comportamiento del público.
Lo que el país puede blindar y lo que no puede
El Plan Kukulkán contempla amenazas típicas de eventos masivos como terrorismo, ciberataques y delincuencia común, con protocolos definidos. Sin embargo, omite públicamente el principal riesgo: el crimen organizado, con presencia activa en las tres sedes del Mundial.
En privado, autoridades reconocen que el mayor peligro no es un atentado sofisticado, sino incidentes como robos, secuestros exprés o violencia que afecten la imagen del país. Estos hechos, aunque menos complejos, pueden impactar la percepción de seguridad.
El despliegue masivo de fuerzas ha probado ser eficaz para reducir delitos durante eventos, como en el G20 o la visita papal. No obstante, su efecto es temporal: al concluir el operativo, los niveles delictivos tienden a regresar. El blindaje, admiten mandos locales, es una medida coyuntural que funciona para el torneo, pero no modifica las condiciones estructurales de seguridad.
La paradoja del blindaje: mostrarse seguro para quienes consideran que no lo eres
Existe una tensión en el centro del Plan Kukulkán que las autoridades no pueden resolver con tecnología ni con efectivos adicionales. El operativo es, simultáneamente, una demostración de capacidad y una confesión de vulnerabilidad.
El turismo es el indicador más sensible. En 2019, antes de la pandemia, México recibió 97 millones de turistas internacionales y fue el séptimo destino más visitado del mundo. En 2023, esa cifra llegó a 109 millones. Pero las encuestas de percepción entre viajeros potenciales de Estados Unidos y Europa siguen mostrando que el miedo a la violencia es la principal razón por la que personas interesadas en visitar el país deciden no hacerlo. El Mundial es una oportunidad de interrumpir ese ciclo. Es también, si algo sale mal, el escenario perfecto para solidificarlo.
García Harfuch ha repetido en cada presentación pública que el Plan Kukulkán no es solo un operativo de seguridad sino un proyecto de Estado para demostrar que México puede organizarse
Lo que se queda después del silbatazo final
El Plan Kukulkán terminará con el torneo. Los drones se recogen, las cámaras de reconocimiento facial se desconectan —o se quedan, dependiendo de a quién le pregunten—, los militares regresan a sus cuarteles y los policías reforzados volverán a sus corporaciones de origen.
Lo que no regresa a su estado anterior es la infraestructura tecnológica instalada. Las cámaras de vigilancia que se montan para el Mundial no desaparecen en julio de 2026. Los sistemas de reconocimiento facial que se instalan en estadios y aeropuertos tienen una larga vida útil. El Centro de Fusión de Inteligencia Cibernética no tiene fecha de cierre. Hay una conversación que todavía no ocurre en público sobre el uso de esa infraestructura después del torneo: quién la controla, con qué propósito y bajo qué marco legal.
Los países que han organizado grandes eventos tienen historiales mixtos en este punto. Las cámaras que Brasil instaló para los Juegos Olímpicos de Río 2016 en las favelas de la ciudad permanecieron activas años después del evento y fueron usadas por la policía en operativos que derivaron en denuncias de uso excesivo de la fuerza. En Qatar, los sistemas de vigilancia masiva desplegados para el Mundial son hoy parte de la infraestructura cotidiana de control social del Estado. En el Reino Unido, las cámaras de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 se integraron a una red de vigilancia urbana que hoy cubre prácticamente toda la ciudad y es objeto de debates permanentes sobre privacidad.
México no tiene una ley de protección de datos robusta aplicable a vigilancia estatal. El Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales ha pasado a ser parte de la Secretaría Anticorrupción y de Buen Gobierno, la cual tiene atribuciones limitadas frente al uso de tecnología de reconocimiento facial por parte de autoridades de seguridad. La Suprema Corte de Justicia de la Nación abrió en 2024 un debate sobre los límites constitucionales de la vigilancia biométrica, pero sin resolución firme. El Plan Kukulkán despliega tecnología que el marco legal mexicano no regula con claridad.
Por supuesto esto no detendrá el plan, estaría a las condiciones del operativo de seguridad para el torneo.
Lo que sí quedará, de cualquier manera, es el mapa de lo que México tuvo que construir para estar en condiciones de recibir al mundo. 99,000 elementos. Reconocimiento facial. Monitoreo de la dark web. Coordinación con el FBI. Un centro de ciberseguridad. Drones sobre los estadios. Una serpiente emplumada que custodia los arcos.

