HUMOS DEL PODER
por JORGE CASTRO NORIEGA
El balance de junio es demoledor: tensiones con EU, presión por las remesas, amenazas de militarización, aranceles en puerta, marchas imprudentes, senadores incendiarios y balaceras transfronterizas… Y, sin embargo, el mayor obstáculo no está afuera, sino adentro.
Claudia Sheinbaum enfrenta uno de los momentos más complejos de su joven Presidencia: sostener la frágil arquitectura diplomática de México mientras los fuegos.
La primera alarma –la más seria de todas– sonó en Washington. Desde la Casa Blanca, la secretaria de Seguridad Interna de Estados Unidos, Kristi Noem, acusó públicamente a la Presidenta mexicana de haber “alentado protestas violentas” en Los Ángeles, tras los operativos de redadas masivas contra migrantes mexicanos el mes pasado. La acusación fue lanzada sin filtros, sin respeto a los canales diplomáticos y ante la mirada del propio Donald Trump. Un misil verbal que dejó atónitos incluso a los más duros republicanos.
Sheinbaum no se quedó callada. Desmintió categóricamente haber llamado a la violencia. Lo que realmente dijo –y así lo probó con video– fue un llamado a la unidad de la comunidad migrante frente a la amenaza de gravar con impuestos las remesas enviadas desde Estados Unidos. Su exigencia fue clara: respeto a los derechos de los mexicanos que viven y trabajan al otro lado de la frontera. Ni una línea más, ni una menos.
La diplomacia de cantina
Pero mientras la Presidenta intentaba contener el incendio con diplomacia, desde su propio partido algunos se dedicaban a atizarlo. Gerardo Fernández Noroña, senador de Morena y siempre dispuesto a polemizar, se enredó en un intercambio altanero con un legislador estadounidense. En tono burlón, el troglodita del Senado lo retó a cumplir su amenaza de aplicar impuestos más altos.
¿Resultado?: el senador gringo “subió la apuesta” y propuso aumentar el gravamen a las remesas del 3.5 al 5 por ciento. Una jugada torpe, provocadora, que terminó dándole la razón a los halcones republicanos.
El punto más crítico llegó cuando, al calor de las manifestaciones violentas en LA, senadores morenistas comenzaron a organizar una marcha hacia la embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México, como gesto de protesta. Era, sin duda, lo menos oportuno en medio de una crisis diplomática como la que se vivía en ese momento.
Afortunadamente, el no siempre cooperativo Adán Augusto López Hernández desactivó la intentona a tiempo. Una acción prudente que evitó escalar el conflicto a niveles incontrolables.
El otro frente que reventó
Y como si no bastara con el frente norte, otro frente se encendió en el sur en el álgido junio. En Chiapas, fuerzas estatales cruzaron la frontera hacia territorio guatemalteco en persecución de un grupo criminal. Hubo intercambio de balas y uno de los líderes delictivos murió del lado guatemalteco.
El gobierno de Guatemala, naturalmente, protestó por la incursión no autorizada y México tuvo que ofrecer una disculpa formal para evitar una crisis mayor.
La operación fue imprudente, mal coordinada y políticamente dañina, más aún cuando autoridades chiapanecas insinuaron que el grupo criminal operaba con la protección de policías guatemaltecos. Un señalamiento que tuvo que ser desmentido desde la Cancillería mexicana y matizado por la propia Presidenta, quien sabe que lo último que necesita ahora es abrir otro frente de tensión en el sur del país.
Un país, dos fronteras…
El balance de este último mes es demoledor: tensiones con Estados Unidos, presión por las remesas, amenazas de militarización, aranceles en puerta, marchas imprudentes, senadores incendiarios y balaceras transfronterizas. Todo mientras la Presidenta intenta sostener la imagen de un país responsable, pacífico y con liderazgo internacional.
Y, sin embargo, el mayor obstáculo no está afuera, sino adentro.
La falta de una estrategia unificada, de un mando claro, de una línea de comunicación coherente entre las distintas piezas del ajedrez político, es lo que hoy erosiona con más fuerza la posición de Sheinbaum en el escenario internacional.
Es momento de que su equipo entienda que no se gobierna con ‘tuits’, ni se hace diplomacia desde la tribuna. Que la política exterior requiere disciplina, tacto, y sobre todo, silencio cuando hace falta.
Porque mientras algunos juegan a ser figuras estelares, la presidenta carga con las consecuencias.
México no puede permitirse el lujo de la improvisación. La relación con Estados Unidos y Guatemala no es un tema de ideologías ni de bravatas: es un asunto de seguridad nacional, de economía, de estabilidad.
Y si Claudia Sheinbaum quiere que su gobierno mantenga el respeto en el mundo, necesita que quienes la rodean dejen de estorbar y empiecen, al menos, a tratar de ayudarla un poco.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 9 DE REVISTA GUINDA

