por RODRIGO DE LEÓN
Durante décadas, la seguridad nacional se entendió como un asunto territorial. Hoy, la soberanía se defiende también en el mundo invisible del ciberespacio, donde circulan no solo datos personales, sino información crítica del Estado. Y en este nuevo escenario, México tiene una responsabilidad: proteger su inteligencia sin cerrar las puertas a la cooperación.
Las agencias extranjeras han sido aliadas indispensables en múltiples operativos contra el crimen organizado. Sin embargo, su presencia también ha generado tensiones legítimas: ¿hasta qué punto deben conocer nuestros patrones de vigilancia, nuestras investigaciones, nuestras vulnerabilidades?
No se trata de oponerse a la cooperación internacional, sino de redefinir sus reglas bajo principios de reciprocidad, transparencia y soberanía técnica. La filtración masiva de correos institucionales —como el caso ‘Guacamaya’— no solo evidenció fallas en ciberseguridad, también puso sobre la mesa la urgencia de fortalecer nuestras capacidades nacionales de inteligencia y contrainteligencia.
México necesita sus propios servidores seguros, talento especializado en criptografía, protocolos de resguardo de datos y una legislación moderna en materia de seguridad digital. No para cerrarse al mundo, sino para negociar desde la autonomía.
En los últimos años se han dado pasos en esa dirección. La creación de la Coordinación Nacional de Estrategia Digital, los convenios de ciberdefensa con otras naciones latinoamericanas y el impulso a una agenda de soberanía tecnológica son signos de una política que empieza a mirar el futuro. Aún falta mucho, pero el rumbo es claro.
La seguridad nacional del siglo XXI implica también proteger el conocimiento estratégico: bases de datos de seguridad, infraestructura crítica, protocolos de emergencia. Y en ese campo, la inteligencia extranjera, por más aliada que sea, debe tener límites claros. El respeto se construye también desde la autonomía.
El Estado mexicano no puede permitir que su aparato de inteligencia sea visto como una extensión operativa de intereses foráneos. Debe consolidarse como un actor confiable y soberano, capaz de dialogar con el mundo sin ceder su control.
Porque en este nuevo siglo, defender la soberanía ya no es solo cuestión de fronteras: es cuestión de ‘firewalls’, de propiedad del dato y de voluntad nacional.
Y esa voluntad empieza por saber que los secretos de un país no pueden estar en manos ajenas, aunque vengan en formato PDF.
ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 10 DE REVISTA GUINDA

