• En Cambio Diario QRoo
  • En Cambio Diario Tabasco
  • 5ta Avenida
  • Energía y ecología
jueves, octubre 1, 2026
Hemeroteca
Revista Guinda
No Result
View All Result
  • Política
    • Política Alimentaria
    • Política Energética
    • Política Económica
    • Política Internacional
    • Política Nacional
    • Política Bienestar
    • Política de Seguridad
    • Política Turística
  • Poderes
    • Poder Ejecutivo
      • Giras
      • Mañaneras
    • Poder Legislativo
      • Diputados Federales
      • Senadores
    • Poder Judicial
  • Opinión
  • Ciudad de México
  • Partidos Políticos
  • Revista Digital
  • Política
    • Política Alimentaria
    • Política Energética
    • Política Económica
    • Política Internacional
    • Política Nacional
    • Política Bienestar
    • Política de Seguridad
    • Política Turística
  • Poderes
    • Poder Ejecutivo
      • Giras
      • Mañaneras
    • Poder Legislativo
      • Diputados Federales
      • Senadores
    • Poder Judicial
  • Opinión
  • Ciudad de México
  • Partidos Políticos
  • Revista Digital
Revista Guinda
No Result
View All Result
Home Impreso

Siete años de la transformación: Poder, continuidad y disputa del relato desde el Zócalo

Hak Guinda Por Hak Guinda
septiembre 29, 2026
in Impreso
0
Siete años de la transformación: Poder, continuidad y disputa del relato desde el Zócalo

Transformación, el poder volvió al lugar donde aprendió a narrarse a sí mismo. La plaza no estaba ahí para recordar el origen, sino para ordenar el futuro.

Nada de lo que ocurría en el Zócalo podía entenderse sin la figura que convirtió la ruptura en método y la persistencia en estrategia. Andrés Manuel López Obrador no estaba en el centro de la escena, pero su lenguaje, sus categorías y su forma de leer el conflicto seguían marcando el pulso del acto. El movimiento que nació contra el régimen hablaba ahora como poder que aprendió a durar.

Mientras el discurso avanzaba, la plaza sostenía algo más que consignas. Sostenía la pregunta: ¿qué se conserva cuando la transformación se vuelve costumbre, y qué se pierde cuando el relato empieza a gobernar junto con las decisiones? La plaza no era cierre, 4T resulta estratégico no para repetir una consigna, sino para leer cómo el poder intenta organizar su propia continuidad.

El 6 de diciembre, el Zócalo empezó a llenarse antes de que terminara la mañana. Militantes de Morena, simpatizantes del proyecto, ciudadanos convocados por una lógica ya conocida de participación política llegaron en bloques, con banderas dobladas bajo el brazo, con gorras y con mantas que ya habían visto otras concentraciones. Algunos sabían exactamente a qué iban; otros acudían por la certeza de que la plaza vuelve a ser un espacio central cuando el poder se expresa. Desde el templete, la escena era familiar: la explanada convertida en respaldo y la multitud como argumento. Al frente, Claudia Sheinbaum hablaba desde un presente que todavía no termina de asentarse, pero que ya exige continuidad.

No era un acto de despedida ni una celebración nostálgica. Era otra cosa. Un intento por fijar el sentido de lo ocurrido antes de que el tiempo lo vuelva incómodo. Siete años después del inicio de la llamada Cuarta Transformación, México vuelve a mirarse en el espejo del Zócalo capitalino. No como ritual conmemorativo ni como balance técnico de gestión, sino como un ejercicio de poder diseñado para fijar sentido en un momento de transición política, presiones externas persistentes y reacomodos internos todavía en curso. La convocatoria encabezada por Claudia Sheinbaum no ocurrió en el vacío, sino que se inscribió en una región latinoamericana que alterna entre proyectos progresistas institucionalizados y regresos conservadores, y en una economía mexicana que combina estabilidad macro con grietas territoriales, sociales e institucionales difíciles de ocultar.

Entender qué se celebra, quién convoca y desde dónde se narra hoy la 4T resulta estratégico no para repetir una consigna, sino para leer cómo el poder intenta organizar su propia continuidad.

Siete años después del arranque de la llamada Cuarta Transformación, era presión.

El Zócalo como escenario de poder

Desde hace décadas, el Zócalo de la Ciudad de México funciona como escenario de legitimación política. No es una plaza neutral ni un espacio puramente ciudadano: es el lugar donde los gobiernos exhiben fuerza, miden capacidad de movilización y buscan ordenar el relato de su tiempo. Ahí se han celebrado victorias electorales, se han intentado cerrar crisis y se han escenificado transiciones que no siempre estaban resueltas fuera del templete.

La celebración de los siete años de la Transformación recupera ese espacio no como homenaje retrospectivo, sino como declaración de vigencia. El mensaje es claro: el proyecto no se clausura, se normaliza. No se presenta como episodio histórico terminado, sino como proceso aún en marcha. Ese matiz no es menor. Desplaza la discusión del balance hacia la disputa por el sentido.

La plaza llena, más allá de cifras exactas, cumple su función simbólica habitual. Muestra que el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino que conserva la calle como extensión política. El Zócalo vuelve a operar como certificación visual de gobernabilidad.

Pero la escena también revela algo más: la necesidad de reafirmación. Cuando un proyecto convoca para recordarse a sí mismo que sigue siendo mayoría, no celebra únicamente lo logrado; intenta fijar el marco desde el cual se leerá lo que viene. Nada de esto comenzó aquí.

Continuidad con mando propio

Es en ese marco donde se entiende la figura de Claudia Sheinbaum. Su desafío no es romper con el origen ni someterse a él, sino administrar una herencia pesada sin perder control del presente. El evento de los siete años funciona como acto de apropiación simbólica: Sheinbaum se coloca dentro del balance, no como nota al pie, sino como continuidad con autoridad propia.

No se presenta como figura secundaria ni como ruptura generacional. Se ubica en un punto intermedio cuidadosamente calculado. La Transformación ya no depende de una sola figura histórica, pero tampoco reniega de ella. Ese equilibrio es clave para la estabilidad interna de Morena y para la lectura externa del nuevo sexenio.

El mensaje es tranquilizador para mercados y gobiernos extranjeros: no hay salto al vacío. Tampoco hay improvisación discursiva. Hay administración de la continuidad. Nada de esta escena puede leerse sin el origen político que la hizo posible.

La Cuarta Transformación no nació como un proyecto de gobierno, sino como una ruptura. Antes de convertirse en sigla, en programa o en narrativa institucional, fue una acumulación de derrotas políticas, expulsiones partidistas y una persistencia que incomodó durante más de una década al sistema político mexicano.

Andrés Manuel López Obrador no llegó al poder desde la conciliación, sino desde el desgaste. Su figura se fue construyendo al margen de consensos, atravesando conflictos poselectorales, rupturas internas y una relación tensa, cuando no abiertamente hostil, con élites políticas, económicas y mediáticas. Ese origen explica el ADN del proyecto. La Transformación no se diseñó para agradar al centro político, sino para desbordarlo.

El punto de quiebre no fue 2018. Fue la insistencia en disputar el sentido de la democracia cuando las reglas parecían cerradas. El plantón de 2006, la narrativa del fraude, la construcción territorial paciente en años de derrota; todo eso fue leído durante mucho tiempo como obstinación. Hoy se relee como estrategia.

López Obrador no encabezó un movimiento colegiado ni horizontal. Construyó un liderazgo personal que funcionó como eje organizador de voluntades dispersas. Morena no nació como partido clásico, sino como extensión de una figura política que ya tenía base social antes de tener estructura formal. Eso explica la dificultad para separar proyecto y persona, y la centralización de decisiones como rasgo, no como anomalía.

La política, en el obradorismo, se tradujo a términos morales. Pueblo contra élite. Honestidad contra corrupción. Austeridad contra privilegio. Ese marco binario fue criticado como simplificación, y lo fue. Pero también resultó eficaz para ordenar el debate público en un país cansado de tecnicismos que no resolvían nada.

En economía, el sexenio rompió expectativas. No hubo desorden fiscal ni explosión de deuda. La disciplina presupuestal se sostuvo incluso durante la pandemia. Eso descolocó tanto a críticos como a aliados ideológicos. Pero esa estabilidad tuvo costos: inversión pública concentrada en proyectos emblemáticos, austeridad convertida en identidad, debilitamiento operativo en áreas completas del Estado.

La promesa de recuperar al Estado chocó con una realidad más ambigua. En salud, ciencia, cultura y órganos reguladores, la reconfiguración fue más destructiva que reconstructiva. El Estado volvió al centro del discurso, pero no siempre con mejores herramientas.

Cuando López Obrador dejó formalmente la presidencia, no dejó un vacío. Dejó un molde: un lenguaje político, una base social movilizada y una narrativa que sigue organizando lealtades. Eso es activo y problema al mismo tiempo. La Transformación nació personalista. Hoy intenta sobrevivir institucionalizada.

Toda fuerza política que llega al poder con vocación de ruptura enfrenta una prueba que no aparece en los discursos iniciales: la del tiempo. Gobernar un año exige energía; gobernar siete exige método; gobernar más de una década exige algo distinto. No convicción, no épica, sino capacidad para volverse normal sin desmoronarse.

La Cuarta Transformación atraviesa hoy ese umbral. Ya no opera solo como movimiento que denuncia al pasado, sino como estructura que administra presente y futuro. Ese tránsito es incómodo porque obliga a abandonar la comodidad de la oposición moral sin renunciar del todo a ella. La narrativa insiste en el cambio permanente, pero la práctica empieza a parecerse a la de cualquier poder que aprendió a durar.

Aquí se produce una mutación silenciosa. El lenguaje sigue hablando de transformación, pero las decisiones responden cada vez más a la lógica de preservación. El enemigo deja de ser únicamente el viejo régimen y comienza a ser, también, cualquier elemento que amenace la cohesión interna. La disidencia ya no es solo desacuerdo; se vuelve riesgo.

No es un fenómeno exclusivo de México. Ocurre cuando los movimientos que nacen para romper el tablero descubren que el tablero también sirve para sostenerse. El problema no es la institucionalización en sí, sino la forma en que se hace: si fortalece reglas o si las sustituye por lealtades.

En este punto, la Cuarta Transformación empieza a mostrar los rasgos de un régimen en construcción. No en el sentido clásico de autoritarismo cerrado, sino como sistema político con narrativa propia, reglas implícitas y una frontera cada vez más difusa entre gobierno, partido y proyecto.

El poder deja de justificarse únicamente por el mandato popular y empieza a apoyarse cada vez más en la idea de continuidad. La pregunta incómoda empieza a asomarse: no es si este tránsito era inevitable, sino qué se va erosionando en el proceso.

Uno de los rasgos más visibles de esta etapa es la reducción del conflicto interno visible. No porque haya desaparecido, sino porque se procesa fuera del espacio público. La disciplina se impone como virtud política. La unidad se vuelve argumento suficiente para desactivar debates. La cohesión se presenta como requisito de gobernabilidad.

Aquí algo empieza a crujir. Porque los movimientos que nacen de la pluralidad social suelen debilitarse cuando confunden unidad con silencio. La Cuarta Transformación prometió democratizar el poder; en esta etapa, tiende a administrarlo con una lógica cada vez más vertical. No como traición abierta, sino como adaptación funcional.

El papel de Movimiento Regeneración Nacional en este proceso es central. Morena dejó de ser vehículo electoral para convertirse en partido-gobierno, con todo lo que eso implica: control de candidaturas, alineación legislativa, disciplina territorial. Su fortaleza es real. Su fragilidad también. La ausencia de corrientes visibles no siempre significa consenso; a veces indica que el costo de disentir se volvió demasiado alto.

Este es el punto donde el paralelismo histórico comienza a incomodar, incluso a quienes lo rechazan. No porque la 4T replique mecánicamente al viejo sistema hegemónico, sino porque comparte una tentación común: confundir estabilidad con legitimidad automática. La permanencia en el poder empieza a leerse como confirmación moral, no como responsabilidad ampliada.

El discurso insiste en que el pueblo respalda el proyecto. Y es cierto, en términos electorales. Pero el respaldo popular no sustituye la necesidad de contrapesos internos ni de correcciones públicas. Un régimen que se explica solo desde la lealtad corre el riesgo de volverse opaco incluso para sus propios seguidores.

La transformación, en esta etapa, ya no se juega en la promesa de cambio, sino en la administración de su herencia. Y administrar una herencia implica decidir qué se conserva, qué se corrige y qué se oculta. El problema es que el relato oficial no admite fácilmente la corrección. Reconocer errores amenaza la épica. Y sin épica, el régimen pierde parte de su pegamento simbólico.

Por eso la insistencia en los aniversarios, las plazas llenas y los balances controlados. No como celebración inocente, sino como mecanismo de reafirmación. El poder se recuerda a sí mismo que sigue siendo poder.

En esa lógica, la Cuarta Transformación entra en una zona intermedia. Ya no se define solo por la ruptura con el pasado, pero tampoco puede desprenderse de este sin perder cohesión. El cambio convive con la rutina y la necesidad de durar empieza a moldear decisiones que antes se justificaban desde la épica.

Economía política de la transformación: contención, soberanía y cálculo

La economía fue, desde el inicio, uno de los terrenos donde más se apostó a la ruptura discursiva y más se practicó la cautela real. La Cuarta Transformación llegó al poder con un mensaje que inquietó a los mercados, pero gobernó con una prudencia que descolocó incluso a parte de su base ideológica.

No hubo giro abrupto, no hubo expropiaciones, no hubo expansión fiscal desbordada. Hubo control. Y ese control no fue neutral: fue una forma específica de ejercer poder.

La disciplina presupuestal se convirtió en principio rector. No como recomendación técnica, sino como declaración política. La austeridad dejó de ser instrumento coyuntural y se transformó en identidad del régimen. Reducir gasto, desconfiar de intermediarios, concentrar decisiones: todo formó parte de una misma lógica. El Estado no debía crecer en tamaño, sino en control.

Ese enfoque permitió sostener estabilidad macro incluso en escenarios adversos. Durante la pandemia, México evitó los paquetes masivos de estímulo que adoptaron otras economías de la región. El resultado fue una recuperación más lenta, pero sin desequilibrios fiscales severos. Para organismos internacionales y calificadoras, el mensaje fue claro: el país no se saldría del guion macroeconómico tradicional, aunque lo criticara en discurso.

Pero la estabilidad no es sinónimo de transformación

El crecimiento económico promedio del sexenio se mantuvo bajo. La informalidad siguió siendo un rasgo estructural. La productividad no dio el salto prometido. La economía resistió, pero no se reconfiguró. La Cuarta Transformación administró el modelo heredado más de lo que lo sustituyó.

Aquí aparece una contradicción central: un proyecto que desconfía del mercado, pero depende de su funcionamiento para sostener ingresos, empleo y estabilidad. La relación con la inversión privada fue pragmática, a ratos tensa, nunca plenamente cooperativa. No hubo una política industrial articulada que ordenara incentivos, sectores estratégicos y encadenamientos productivos. Hubo decisiones fragmentadas, muchas veces subordinadas al calendario político.

El fenómeno del nearshoring ilustra bien ese límite. México capturó oportunidades derivadas de la reconfiguración global de cadenas de suministro, pero lo hizo más por geografía y tratados existentes que por una estrategia deliberada. El Estado acompañó el proceso, pero no lo dirigió. La relocalización avanzó sin una narrativa propia que la integrara al proyecto de transformación.

En el terreno energético, la economía política fue más explícita. La defensa de la soberanía se tradujo en respaldo político y presupuestal a empresas estatales como Petróleos Mexicanos y Comisión Federal de Electricidad. El objetivo era claro: recuperar control del sector estratégico y limitar la participación privada.

La relación con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá condensó esa ambigüedad. México defendió el acuerdo como pilar de estabilidad, pero tensó sus márgenes con decisiones que desafiaron compromisos asumidos. El mensaje hacia Estados Unidos fue doble: cooperación estratégica sin renuncia discursiva a la soberanía.

Ese equilibrio inestable funcionó hasta ahora porque el contexto internacional fue relativamente favorable y porque la credibilidad macro no se erosionó. Pero el margen es estrecho. La economía de la transformación depende menos de su relato que de condiciones externas que no controla.

La austeridad, además, tuvo efectos internos difíciles de ignorar. La reducción de gasto operativo debilitó capacidades estatales en áreas clave: regulación, supervisión, planeación. El Estado recuperó centralidad política, pero perdió densidad técnica en varios frentes. Gobernar con menos no siempre significa gobernar mejor.

En este punto, la economía revela el núcleo del proyecto: no una alternativa sistémica al modelo previo, sino una forma distinta de administrarlo, con mayor control político y menor confianza en los contrapesos. La transformación económica no fue ruptura ni continuidad pura. Fue contención.

Y esa contención tiene fecha de caducidad. Un régimen puede sostener estabilidad sin crecimiento durante un tiempo. No indefinidamente. La pregunta que empieza a emerger —aunque el discurso la evite— es cuánto puede durar una economía política que apuesta a la resistencia más que a la expansión, y qué ocurre cuando el margen se reduce.

Morena por dentro: disciplina, territorio y el precio de la unidad

Si la Cuarta Transformación avanza hacia una lógica de régimen, Morena es su engranaje central. Ya no como movimiento electoral ni como coalición de causas, sino como partido-gobierno con control territorial, disciplina interna y una frontera cada vez más tenue entre estructura partidista y aparato estatal.

Movimiento Regeneración Nacional no se parece a los partidos tradicionales que prometió superar, pero tampoco es la anomalía horizontal que proclamó en su origen. Se ha convertido en una maquinaria eficaz de poder, capaz de ganar elecciones, sostener mayorías legislativas y operar en territorio con una mezcla de convicción ideológica, pragmatismo local y administración de lealtades.

Esa eficacia tiene una condición: la reducción del conflicto visible. Las disputas internas no han desaparecido. Se han desplazado. Se procesan en negociaciones cerradas, en repartos de candidaturas, en alineamientos forzados. La deliberación pública se volvió excepción. La disidencia, una anomalía que se castiga con marginación política. La unidad se presenta como virtud suprema, incluso cuando implica silencio.

Aquí aparece una paradoja incómoda. Morena creció denunciando las prácticas del viejo sistema, pero en su consolidación reproduce algunas de sus lógicas más funcionales: control vertical, disciplina férrea, premios y castigos. No por nostalgia autoritaria, sino por necesidad operativa. Gobernar un país diverso exige orden. El problema surge cuando el orden sustituye al debate.

La fortaleza territorial del partido es innegable. Gobernadores, alcaldes, congresos locales y estructuras sociales forman una red que sostiene al proyecto más allá de la figura presidencial. Pero esa misma red genera inercias difíciles de corregir. El poder local aprende rápido. Y no siempre en clave transformadora.

La ausencia de corrientes internas visibles no significa consenso ideológico. Significa que el costo de expresar diferencias se volvió demasiado alto. Morena no estalla porque no discute. Y no discute porque hoy es el poder.

Ese modelo funciona mientras el liderazgo central conserve legitimidad y capacidad de arbitraje. Pero deja una pregunta abierta: ¿qué ocurre cuando el conflicto ya no puede ocultarse bajo la consigna de unidad? ¿Qué tan elástica es una estructura construida para obedecer más que para deliberar?

Política social y salud: el costo que no cabe en el discurso

El corazón social de la Cuarta Transformación se sostuvo sobre una idea simple: entregar recursos directamente a quienes históricamente quedaron fuera. Sin intermediarios, sin filtros burocráticos, sin condicionamientos visibles. Ese diseño cambió la relación entre Estado y beneficiarios.

También reconfiguró la base política del proyecto.

Las transferencias directas funcionaron como amortiguador social en un país con desigualdad persistente. Millones de personas recibieron apoyos que marcaron diferencia en su ingreso inmediato. Ese efecto no es menor ni simbólico. Es material.

Pero el alivio no construye sistemas

La política social de la transformación privilegió el ingreso sobre la provisión de servicios. El Estado transfirió recursos, pero debilitó capacidades institucionales en áreas clave. Educación, salud y cuidado quedaron atrapados entre el discurso de justicia social y una ejecución fragmentada.

El caso del sistema de salud es ilustrativo. La desaparición del Seguro Popular y la transición fallida hacia nuevos esquemas dejaron vacíos operativos que no se resolvieron con narrativa. El desabasto, la precarización laboral y la improvisación cotidiana se volvieron experiencia común en clínicas y hospitales públicos.

Aquí se instala uno de los silencios más pesados del proyecto. El discurso insiste en que los problemas son herencia. El tiempo muestra que no basta con señalar el pasado cuando el presente no corrige.

La pandemia expuso esas fragilidades sin contemplaciones. El sistema resistió, pero al costo de personal exhausto, cobertura desigual y una normalización de la escasez. La transformación social se sostuvo más por transferencias monetarias que por fortalecimiento institucional.

Ese diseño tiene consecuencias políticas. Los apoyos generan lealtad inmediata. Los servicios generan expectativas de largo plazo. Apostar casi exclusivamente por lo primero asegura respaldo electoral, pero posterga la construcción de ciudadanía exigente.

La política social de la Cuarta Transformación alivió, pero aún queda camino para la transformación. Y ese límite empieza a sentirse cuando las demandas ya no son solo por ingreso, sino por calidad de vida.

América Latina como espejo incómodo

México no transita este proceso en aislamiento. La Cuarta Transformación forma parte de un ciclo más amplio de gobiernos progresistas latinoamericanos que llegaron al poder con promesas de cambio estructural y enfrentaron límites similares: economías abiertas, dependencia externa, instituciones frágiles y sociedades polarizadas.

La comparación no favorece ni condena automáticamente. Simplemente incomoda.

En Brasil, el regreso de la izquierda implicó reconstrucción institucional tras un periodo de ruptura. En Chile, el intento de refundación chocó con límites sociales y constitucionales. En Argentina, la épica redistributiva convivió con crisis macro persistente. En Colombia, el cambio político enfrenta resistencias estructurales profundas.

México eligió una ruta distinta: menos confrontación abierta, más control discursivo; menos ruptura económica, más contención. No lideró una agenda regional, pero tampoco se subordinó completamente. Observó más de lo que empujó.

Esa posición tiene ventajas. Evitó sobresaltos. Conservó estabilidad. Pero también dejó al país sin un proyecto latinoamericano claro. La política exterior recuperó voz simbólica, pero no construyó liderazgo regional sostenido.

La Cuarta Transformación dialoga con América Latina como espejo, no como horizonte. Se mira para confirmar que pudo haber sido peor. Rara vez para preguntarse si pudo haber sido distinto.

Ese espejo devuelve una imagen inquietante: los proyectos que llegan al poder prometiendo ruptura suelen desgastarse cuando deben administrar. No porque traicionen necesariamente, sino porque gobernar exige concesiones que el relato no siempre admite.

México no es excepción. Es variante.

Y quizá por eso el Zócalo lleno importa no como celebración, sino como reafirmación. En una región donde los ciclos se agotan rápido, sostener la narrativa es también una forma de supervivencia política.

ARTÍCULO CORRESPONDIENTE A LA EDICIÓN 14 DE REVISTA GUINDA 

foro


Revista Guinda

© 2025 Grupo Gremol

Marcas Grupo Gremol

  • En Cambio Diario QRoo
  • En Cambio Diario Tabasco
  • 5ta Avenida
  • Energía y ecología

Siguenos en

Welcome Back!

Login to your account below

Forgotten Password?

Retrieve your password

Please enter your username or email address to reset your password.

Log In

Add New Playlist

No Result
View All Result
  • Política
    • Política Alimentaria
    • Política Energética
    • Política Económica
    • Política Internacional
    • Política Nacional
    • Política Bienestar
    • Política de Seguridad
    • Política Turística
  • Poderes
    • Poder Ejecutivo
      • Giras
      • Mañaneras
    • Poder Legislativo
      • Diputados Federales
      • Senadores
    • Poder Judicial
  • Opinión
  • Ciudad de México
  • Partidos Políticos
  • Revista Digital

© 2025 Grupo Gremol