El sistema eléctrico mexicano camina hacia una década donde cada megavatio cuenta doble. La demanda crece 3% anual, impulsada por fábricas que llegan del extranjero, centros de datos que devoran energía y veranos que queman. Pero la capacidad instalada no sigue el paso: en 2023 subió solo 0.6%, según diagnósticos oficiales que nadie discute. Ese desfase no es un problema futuro; ya nos cayó encima en forma de apagones regionales y restricciones que frenan industrias enteras.
La saturación que no da tregua
México carga con una saturación que se amontona desde hace años. La red nacional, con sus líneas de transmisión y subestaciones, arrastra un rezago de inversión que deja a buena parte de la generación nueva sin salida. Plantas renovables en el norte se quedan varadas porque no hay cables suficientes para llevar esa energía al centro y sur, donde la gente la consume. El sistema eléctrico nacional (SIN) padece los estragos de una infraestructura que ya no aguanta el ritmo de un país que busca producir más.
Proyecciones frente a la realidad del consumo
El sistema eléctrico mexicano entra al límite operativo debido a que los márgenes de reserva se han reducido a niveles críticos en las horas de mayor calor. Según los datos del PRODESEN publicados por la Secretaría de Energía (SENER), el crecimiento de la demanda máxima será del 2.6% anual hasta 2038. Eso significa miles de megavatios extras por sumar cada año, o el sistema se rompe en picos de consumo. En la península de Yucatán, el turismo y el calor ya provocaron interrupciones que muerden los ingresos de hoteleros y comercios. Mientras tanto, en el Bajío, el boom industrial obliga a traer energía de lejos, calentando los cables viejos que fueron instalados hace décadas.
El peso sobre la empresa estatal
La Comisión Federal de Electricidad (CFE) hereda este panorama y lo asume con un plan de expansión para el periodo 2025-2030, pero el reloj no se detiene. La saturación no es solo un dato; tiene un rostro feo. Colonias enteras en el sur tropiezan con cortes prolongados porque la distribución local no aguanta el aumento de conexiones. Poblaciones con migración creciente ven cómo sus redes colapsan bajo el peso de más refrigeradores y aires acondicionados. Y en las ciudades, el nearshoring promete empleos, pero solo si hay luz estable para las cadenas de producción.
Riesgos en el horizonte cercano
Debido a que el sistema eléctrico mexicano entra al límite, el margen de error se achicó por completo. Un verano extremo o un retraso en las obras de infraestructura pueden desatar una crisis que golpee el PIB y la imagen del país como destino confiable. El éxito de los planes actuales depende de una ejecución que no puede permitirse paros. México ya no recibe advertencias; vive el escenario donde los cables y las turbinas aguantan lo último que les queda.
Mantente actualizado con las noticias más relevantes con Revista Guinda.

